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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 183

Enseguida, el tono aterradoramente tranquilo de Valerio le susurró al oído:

—Mira, aquí abajo a la derecha está la fecha. Hace unos meses... antes de que nos divorciáramos...

Erika lo miró temblando de pies a cabeza. Valerio bajó la vista hacia su vientre y agregó:

—Las fechas coinciden bastante con el momento en que quedaste embarazada...

Erika negó con la cabeza desesperadamente y sollozó:

—No, esa no soy yo. Yo no hice eso, te lo juro...

Antes de que pudiera terminar, Valerio la agarró con más fuerza de la mandíbula.

Se inclinó hasta que sus rostros casi se rozaban y le acarició la mejilla con el dorso de la otra mano.

Entonces, una voz que parecía salida del infierno perforó sus oídos:

—Erika... sé buena y dime, ¿quién es el cabrón que está encima de ti? ¿Eh?

Las lágrimas de Erika no dejaban de caer.

Si no era ella, ¿cómo iba a saber quién era el infeliz al que ni siquiera se le veía la cara?

Intentó liberarse con todas sus fuerzas, pero fue inútil.

Movió los labios y dijo sílaba por sílaba:

—¡No lo sé! ¡Esa no soy yo, no soy yo! ¡Nunca he estado con nadie más que tú! ¡Yo no hice esto!

Apretando la mandíbula, los ojos de Valerio mostraron un destello de burla perversa:

—¿Ah, sí? Entonces explícame, ¿quién es esta mujer que es igualita a ti?

Valerio la sujetaba del mentón con violencia mientras le recriminaba.

La empujó bruscamente contra la pared, acorralándola sin dejarle escape.

Obligada a moverse, Erika clavó su vista en la mujer de la foto, quien tenía una expresión llena de placer.

Para él, esa era la clásica rendición de un culpable que, al no tener más excusas, se derrumbaba ante la evidencia.

Soltó un bufido frío y le lanzó una pregunta tajante:

—¿Qué pasa? ¿Ya te diste cuenta de que no tienes salida?

Se acercó a su rostro una vez más, observándola fijamente como un halcón a su presa.

Erika levantó la vista. Sus ojos, vacíos y sin vida, se encontraron con los de él.

La mirada inyectada en sangre de Valerio la repasaba de arriba a abajo.

En esos ojos ya no parecía haber nada más que odio hacia ella.

De pronto, Erika soltó una carcajada, una risa grave y con un toque de locura que ponía los pelos de punta.

Él le soltó el mentón de golpe, solo para tomarle el rostro con ambas manos en el siguiente segundo. Su voz ronca resonó en el ambiente:

—¿Para qué te casaste conmigo? ¿Cómo pudiste revolcarte con otro y después venir a fingir ser la esposa perfecta sin que te temblara la voz? Erika... ¿de qué demonios está hecho tu corazón?

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