Ireneo estaba a un lado, frunciendo el ceño profundamente y soltando un suspiro tras otro.
—Hacían una pareja tan bonita, no entiendo cómo llegaron a esto... Valerio, sacas conclusiones sin tener las cosas claras. Hoy vine por mi cuenta, Erika no me llamó.
—Abuelo, no tienes que mentir para defenderla. De la boca de esta mujer no sale ni una sola verdad... —respondió Valerio con frialdad y un toque de impaciencia.
Ireneo volvió a suspirar. Miró a Valerio con resignación; un destello de decepción cruzó por sus ojos.
No entendía cómo su nieto, siempre tan inteligente y astuto, podía ser tan torpe en asuntos del corazón.
Lo señaló con un dedo tembloroso, hablando con un tono de profunda pena:
—Muchacho, ¿cómo es posible que ya ni a tu abuelo le creas? ¿Qué te enseñé? En los negocios sabes analizar todo y pensar antes de actuar. ¿Por qué eres tan ciego cuando se trata de tus sentimientos? ¿Qué ganas haciendo esto? Además de alejar a Erika cada vez más, ¿qué consigues?
Ireneo intentaba hacerlo entrar en razón.
Pero Erika ya no quería escucharlos discutir.
Giró lentamente la cabeza hacia Ireneo y, con voz tranquila, dijo:
—Abuelo, te he decepcionado. Pero, por favor, no te metas en lo de hoy.
Erika habló con suavidad y sinceridad.
Ireneo la miró, lleno de lástima e impotencia.
Sabía que Erika era una buena muchacha: amable, tierna e inteligente.
Y también era evidente que siempre había amado a Valerio con todo el corazón.
Suspiró y dijo:
—Erika, entonces platiquen las cosas. Estoy seguro de que todo es una acumulación de malentendidos. Hablen y arreglen sus diferencias.
—Y la prisa por divorciarme fue pura y simple hartura... o más bien, asco de verte todos los días creyéndote el dueño del mundo. —Erika continuó, ignorando su expresión, con un tono cargado de desprecio y sarcasmo.
Valerio sintió que su orgullo había sido pisoteado como nunca. Apretó los puños, intentando controlar su coraje.
Al verlo así, Erika torció la boca en una sonrisa burlona.
—Además, ya no puedo esperar para verte pagar las consecuencias de tu arrogancia.
Sin darle tiempo a Valerio para responder, Erika se puso de puntillas y le susurró al oído:
—Cuando mates a los bebés, asegúrate de mandar a hacer otra prueba de ADN. Y más te vale vigilar el proceso completo, de principio a fin, hasta que te entreguen el resultado.
Tras decir eso, Erika se apartó un poco. Al cruzar miradas con él, esbozó una sonrisa que rayaba en la locura.
Antes de que Valerio pudiera decir algo, dio media vuelta y caminó con paso firme hacia el personal médico que esperaba cerca de ahí.

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