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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 224

Ricardo se sacudió las manos y se reclinó con pereza en el respaldo de la silla. Puso las manos detrás de la nuca y dijo, de lo más relajado:

—Es que nosotros no somos como tú. Estás chavo pero actúas como un viejito amargado. ¿Nunca has escuchado eso de que los hombres siempre llevamos un niño por dentro?

Valerio soltó el último hilo de humo y apagó la colilla en el cenicero antes de contestar:

—¿Y qué tiene de bueno ser un niño? Eres impulsivo y no sabes lo que haces.

—¿Y a poco tú ya no eres impulsivo? Y no estoy hablando de negocios, me refiero a... las mujeres.

Justo cuando hizo ese comentario, los empleados empezaron a acercarse para servirles la carne asada y unas tablas de quesos fríos.

Valerio aprovechó la interrupción para aclararse la garganta:

—Ya dejen de hablar y coman antes de que se enfríe todo.

—¡Miren nada más, Santiago, Manuel! —se burló Ricardo—. ¡Ya vieron cómo me cambia el tema!

Ambos amigos se miraron y negaron con la cabeza sin saber qué decir.

Al verlos disfrutar de la plática, Isabel sonreía de oreja a oreja.

Haciendo el papel de buena anfitriona, empezó a repartirles los platos de carne con mucha atención.

Cuanto más la veía pasearse con la ropa de Erika, más le hervía la sangre a Valerio.

Hasta que, sin más paciencia, le ordenó:

—Oye, búscate a alguna empleada y ve adentro a sacar más alcohol.

Al notar la mirada tan dura que le clavó su supuesto primo, la joven no se atrevió a refunfuñar. Ya le habían advertido que el hombre tenía un genio de los mil demonios.

Si lo hacía enojar y la terminaba corriendo de la casa, su plan se iría a la basura.

Por su parte, Erika no había parado un solo segundo frente a las brasas.

Sentada a su lado, María quería arrebatarle las pinzas y ponerse a cocinar en su lugar, pero le daba miedo que el teatro de Erika se cayera y terminara haciendo enfadar al señor.

Por eso, hacía todo lo que estaba en sus manos para que la muchacha trabajara lo menos posible.

Cuando notó que Isabel se alejaba dando brincos hacia la casa y que no había nadie más cerca, María se inclinó hacia Erika y le susurró al oído:

—Oiga, sé que su matrimonio es un secreto, pero ya hasta está esperando un bebé suyo. ¿Por qué el señor Valerio todavía no dice nada?

—María, ¿de qué te ríes? —preguntó Erika confundida.

Al darse cuenta de que se le había escapado la risa, contestó de volada:

—No, nada. Solo pensaba en que seguramente el señor Valerio la está ocultando del público por protección. Usted es demasiado hermosa; si yo fuera su marido, tampoco querría exponerla frente a otros hombres, me preocuparía.

—Qué tontería... —contestó Erika sin comprender—. ¿A poco ser bonita te hace ver como una cualquiera ante los demás? ¿O por qué debería de darle pendiente?

—¡Para nada! Es solo que a cualquiera le entra miedo de que algún vivales se quiera pasar de listo.

Sin lograr entender a qué venía toda esa plática, Erika decidió no seguirle el juego y guardó silencio.

Unos segundos después, una voz masculina la tomó por sorpresa a su lado:

—Disculpa, ¿por dónde quedan los baños?

Ni siquiera tuvo que levantar la vista para saber que se trataba de uno de los invitados, así que se hizo la sorda a propósito.

Al fin y al cabo, María estaba ahí mismo y seguro le daba las instrucciones al tipo.

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