Justo en ese momento, Cristina habló con voz entrecortada:
—Si no fuera porque Emilia ya falleció, jamás te habría contado esto. Revelar la verdad significaría que ella también tendría que enfrentar a la justicia. Solo quería vengarse por mí, asegurarse de que Penélope jamás volviera a ver a su verdadera hija. Pero han pasado tantos años y esa desalmada de Penélope ni siquiera ha intentado buscarla.
Cristina entrecerró los ojos, y un brillo gélido cruzó su mirada.
—Y esos gemelos que tuvo después... creciste con ellos, debes haberte dado cuenta. Su inteligencia está muy por debajo del promedio, casi rozan el retraso mental. ¡Es el karma! ¡Es el castigo que Penélope se merece! Y sumado a que ahora tiene una enfermedad terminal... ¡Dios sí castiga!
Cristina se secó un par de lágrimas rebeldes y suspiró:
—Y yo... tampoco dije nada para no manchar el nombre de Emilia después de muerta, después de todo, lo hizo por mí. Por eso nunca delaté a Penélope. Señorita Milán, la mujer se apellidaba Yáñez. Siguiendo esa pista, no te costará mucho encontrar a tus verdaderos padres. Cuando te reencuentres con ellos, podrás hacer con Penélope lo que te plazca. Solo te suplico una cosa: no involucres el nombre de Emilia en esto.
Erika mantenía el ceño fruncido. Tras un largo silencio, finalmente respondió:
—Te lo prometo.
De repente, a Erika le vino a la mente un detalle crucial. Se apresuró a preguntar:
—¿Y el collar? ¡¿Qué tiene que ver mi collar en todo esto?!
Cristina respondió de inmediato:
—¿El collar? Cuando Emilia se topó con Penélope en el hospital, ya no la soportaba, así que no le quitaba los ojos de encima. De hecho, me lo comentó por mensaje en aquel entonces, aunque yo no le di mucha importancia.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón