Erika moría de ansiedad por escuchar el resto, pero se mordió la lengua para no presionar a Cristina.
Unos minutos después, Cristina colgó el teléfono, le dio un sorbo a su café y continuó:
—Cuando Emilia descubrió que Penélope había tenido el descaro de cambiar a los bebés, no la denunció. En lugar de eso, tomó al bebé que Penélope había cambiado y lo intercambió de nuevo con el de otra familia. ¿Me sigues? Supongamos que Penélope cambió a tu bebé por el mío, pues Emilia tomó el mío y lo cambió por el de otra familia más. Al final, las tres familias terminaron criando a una hija que no era biológicamente suya.
Erika se quedó de piedra. Si eso era cierto, ella no pertenecía a la familia Jiménez. ¡Ese era el error!
—¿Quiénes eran las otras dos familias? —preguntó Erika apresuradamente.
Se cuidó de no revelar que ya sabía de la existencia de la familia Jiménez. ¿Y cuál era la otra familia? Hasta ahora no había encontrado ninguna pista.
Cristina soltó un suspiró.
—Según me contó Emilia, el apellido de una de las madres era muy raro y no logró recordarlo, solo sabía que el esposo se apellidaba Jiménez. La otra madre era de apellido Yáñez. A ella sí la recordaba porque tenía un aura de suma elegancia, hablaba como alguien de la alta sociedad y estaba rodeada de sirvientas muy educadas. Era evidente que tenía mucho más dinero y clase que la señora Jiménez. El plan de Penélope era entregar a su propia hija a la familia Yáñez, pero con el truco que hizo Emilia, la hija de Penélope terminó con la familia Jiménez, y tú...
—¿Dónde está Emilia? ¿Puedo hablar con ella? —la interrumpió Erika, con el rostro lleno de angustia.
Al escuchar la pregunta, los ojos de Cristina se llenaron de lágrimas y respondió con la voz quebrada:
—Ella... ella ya falleció.
Cristina se secó las lágrimas y continuó:



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