Para cuando lo tuvo en sus manos, sentía los dedos entumecidos. Tardó un buen rato en poder abrir la envoltura.
En el instante en que el sabor a azúcar invadió su boca, sintió que el malestar disminuía un poco.
Justo cuando estaba por levantarse, unos tenis aparecieron en su campo de visión.
—Señorita, ¿se encuentra bien? Venga, la ayudo a pararse.
Quienquiera que fuera la agarró del brazo para ayudarla.
Erika levantó la mirada y se topó con el rostro guapo y sonriente de un joven.
De inmediato se zafó y le contestó por cortesía:
—Estoy bien, gracias.
El joven dejó la mano en el aire un segundo antes de agacharse a recoger las cosas que seguían esparcidas por el piso.
Cuando terminó de guardarle todo en el bolso, volvió a intentar sostenerla:
—Se nota que le bajó el azúcar. Ahorita lo mejor es que no intente caminar sola; la acompaño a descansar a esa cafetería de allá.
Erika miró hacia donde él apuntaba: un local elegante.
Como de verdad temía irse de boca, terminó por asentir despacio.
Apenas el muchacho la ayudó a enderezarse, una mano enorme le agarró el otro brazo con tanta fuerza que casi la hace gritar de dolor.
¡Valerio!
Sin que a Erika le diera tiempo de reaccionar, vio cómo Valerio aventó al joven de un fuerte empujón.
En el movimiento, hasta le arrebató el bolso de Erika que el otro había estado cargando.
—¿Qué te pasa? —le reclamó Erika de mal humor, intentando zafarse.
Valerio la fulminó con una mirada gélida y luego se giró hacia el desconocido:
—¿Qué esperas para largarte?
Al muchacho no pareció importarle. Sonrió y le dijo:
—A la señorita parece que se le bajó la presión. Si la aprietas tan fuerte la vas a lastimar.
Al escuchar esto, la expresión de Valerio siguió igual de amenazante, pero su mano pasó de estrujarle el brazo a pasarla por su cintura para abrazarla.
—Señorita, ¿conoce a este tipo? Si ocupa ayuda, nada más dígame. Soy bueno para tirar golpes —dijo el joven en un tono relajado, con las manos en los bolsillos.

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