Ambos voltearon de inmediato y vieron que era Adrián acercándose al elevador.
—Leonardo, Eri todavía no ha aceptado casarse contigo —le espetó Adrián—, ¿qué crees que pensarían los niños si te escuchan decir eso? ¿Siquiera te pones a pensar en Eri?
Leonardo miró de reojo a Erika, quien obviamente se sentía bastante incómoda con el numerito.
Lejos de intimidarse, Leonardo le sostuvo la mirada a Adrián y soltó con tono despreocupado:
—¡Quihúbole! Qué milagro verte. ¿Y Martina dónde anda?
En ese momento, se abrieron las puertas del elevador.
Erika aprovechó para intervenir rápidamente:
—Leonardo, Adrián... mejor ya subamos.
Ella entró primero, y Leonardo hizo un gesto caballeroso extendiendo el brazo:
—El señor Lozano es nuestro invitado, pásale.
Adrián lo barrió con la mirada y entró al elevador, plantándose bien pegado al lado de Erika.
Leonardo entró detrás de ellos y, tras echar un rápido vistazo a la situación, estiró su manota para acariciar la cabeza de Erika con familiaridad.
—Debes estar súper cansada hoy, mi reina. Al rato en la noche te doy un buen masaje.
Erika se quedó sin palabras por la vergüenza.
Le echó una miradita nerviosa a Adrián, cuya cara parecía que iba a echar chispas de coraje.
Por suerte, el elevador no tardó nada en llegar a su piso.
En cuanto las puertas se abrieron, Adrián se adelantó a grandes zancadas sin esperar a nadie.
Aprovechando que se había alejado, Erika le susurró a Leonardo:
—Leo... ¿no crees que se te pasó un poquito la mano con la provocación?
Leonardo se asomó al pasillo y, viendo que Adrián ya estaba esperando en la puerta, le contestó en voz baja:
—Entre más se pique, más rápido se va a dar por vencido. Te conviene ser más cariñosa conmigo delante de él. Hazme caso, soy hombre, sé perfectamente cómo funciona esto.
Erika asintió con un poco de duda:
—Va.
Al salir del elevador, Leonardo dobló el brazo ofreciéndoselo:
—Ándale, agárrate de mí. Ya cuando lleguemos ahí, me sueltas.
Erika dudó un segundo, pero terminó entrelazando su brazo con el suyo.


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