Tal como lo planeó, el impacto tomó desprevenida a Aurora, quien con esos tacones de aguja apenas pudo mantener el equilibrio.
Aurora trastabilló varios pasos, dejando caer su hoja de registro al piso.
Mientras el hombre la ayudaba a sostenerse, Erika se agachó de inmediato para recoger el papel, disculpándose con tono sincero.
Antes de poder leer los datos, intentó distraerlos para ganar tiempo:
—¡Ay, perdón! ¿Te torciste el tobillo? ¡Ven, siéntate rápido en esta banca!
—Ay... ¿qué, no te fijas por dónde caminas? —reclamó la mujer, mirándola con desprecio mientras cojeaba hacia el asiento.
—De verdad lo siento muchísimo, tengo la vista muy mal. ¿Te lastimaste? —Erika mantenía la gorra baja, hablando con mucha culpa mientras escaneaba rápidamente el documento.
Nombre: Aurora. Edad: 25 años. Teléfono: XXXX. Dirección: XXXX.
Erika apenas alcanzó a memorizar los datos cuando Aurora le arrebató el papel de las manos.
—¿La vista muy mal? ¡Estás completamente ciega! ¡Quítate de aquí! —espetó Aurora, furiosa.
Viendo su pésima actitud, Erika prefirió no decir más.
Les dio un último vistazo y, al comprobar que el tobillo de la mujer estaba bien, se dio la vuelta y salió del pasillo.
Mientras caminaba, la cabeza le daba mil vueltas. ¿Aurora tenía veinticinco años?
¡Eso la hacía cuatro años menor que ella! Pero en aquellas fotos del pasado se veía de su misma edad.
Sin embargo, ese tipo de registros se generaban automáticamente con la identificación oficial, así que la edad no podía estar mal.
Si era menor que ella, quedaba descartado que fueran hermanas gemelas.
Pero entonces... ¿cómo era posible que se parecieran tanto?
Erika empezó a atar cabos. Cuando estuvo parada junto a Aurora hace un momento, pudo notar que tenían casi la misma estatura.
Y lo más increíble era que la complexión también era muy similar.
—¿Adrián? Estoy en la habitación, ¿dónde están tú y tus papás?
—Mi mamá... acaban de meterla a urgencias —se escuchó la voz ronca y entrecortada de Adrián.
El corazón de Erika comenzó a latir con fuerza y sintió un nudo en la garganta.
—Adrián... aguanta, por favor, voy para allá ahorita mismo —intentó consolarlo.
Colgó el teléfono y corrió desesperada hacia los elevadores.
La última vez que vino a visitarla, la señora ya llevaba varios días sin poder comer bien.
Erika no sabía de medicina, pero entendía perfectamente lo que significaba un traslado de emergencia en esas condiciones...
Llegó al piso indicado y, apenas salió del elevador, alcanzó a ver a lo lejos a Adrián encorvado, sentado en el suelo recargado contra la pared.
A su lado estaba Martina, quien levantó la mirada hacia ella con los ojos completamente empapados en lágrimas.

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