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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 315

Pero recordando las palabras que le acababa de decir Leonardo y analizándolas con cabeza fría, su corazón se fue apaciguando.

Desde el momento en que decidió dejar de huir, ya tendría que haberse imaginado todas estas posibilidades.

Estar martirizándose ahí sola no le iba a servir de absolutamente nada.

Erika tomó una gran bocanada de aire.

—¡Que sea lo que Dios quiera, ya veré cómo salgo de esta! ¡A la goma con todo!

***

En el set de grabación.

El abuelo Ireneo miraba a los encantadores chiquitos que tenía enfrente, sonriendo de oreja a oreja.

—Fíjate nomás, Valerio, todo el dinero del mundo y el estatus social no son nada frente a ellos. Si yo tuviera unos bisnietos así de preciosos, yo...

A mitad de la frase, la sonrisa de Ireneo se borró por completo. Miró de reojo a su nieto y soltó un bufido de desdén.

No tardó en soltarle el gancho al hígado:

—Lástima que el inútil de mi nieto no da para más.

Parado a un lado, Valerio frunció el ceño con una sonrisa amarga.

—¡Quítate de mi vista y lárgate a la otra carpa, que de solo verte me pones de malas! —lo corrió Ireneo de mal humor.

Apenas terminó de gritar, Alma se dio la vuelta en la silla y se bajó de un saltito.

Corrió con sus piernitas rodeando la mesa hasta plantarse frente a Ireneo; levantó su carita y, con esa dulce voz infantil, dijo:

—Abuelito, ya no te enojes. Si se portó mal, lo puedes castigar poniéndolo derechito viendo a la pared blanca, sin dejar que se mueva para nada.

Tras sugerir el castigo, hizo un puchero, volteó a ver a Valerio y lo regañó, intentando sonar intimidante:

—Señor, usted ya está muy grandote como para andar haciendo enojar al abuelito. Eso de portarse mal está muy feo, ¿eh?

Valerio frunció aún más el ceño, observando a la pequeña miniatura desde su altura, y entrecerró los ojos lentamente.

Diego Álvarez, que estaba de pie junto a su jefe, no pudo evitar sudar frío al presenciar la escena.

Valerio siempre había sido un tipo frío y arrogante, y apenas venía de aguantar el regaño de su propio abuelo.

Ireneo golpeó el suelo con su bastón y lo reprendió:

—¡Baja a la niña! ¿Qué manera es esa de platicar con una criatura?

Diego se quedó en completo silencio.

Tenía que admitirlo... su jefe de plano no sabía cómo tratar con niños.

—¡Alma! ¡Ven, mira rápido!

Los gritos de Thiago y Enzo interrumpieron el momento de golpe.

Todos los presentes giraron la cabeza hacia donde apuntaba el dedito de Thiago.

Al ver de qué se trataba, Alma forcejeó con fuerza para soltarse y bajarse de los brazos de Valerio.

Él echó un vistazo a lo lejos y puso a la chiquilla suavemente en el piso.

Los niños salieron corriendo todos juntos hacia el hombre que se acercaba caminando.

Valerio se enderezó lentamente. Al observar al sujeto a lo lejos, que abría los brazos con una enorme sonrisa, un destello casi imperceptible de tristeza y frustración cruzó por su mirada.

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