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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 327

Cuando por fin reaccionó y entendió lo que pasaba, Erika hizo un gran esfuerzo por calmarse y lo observó con una mirada gélida.

Al tener a Valerio tan cerca, sus ojos la dejaron helada.

Pero en esa mirada no solo había furia.

Eran unos ojos que ardían de odio y rencor, como si quisieran devorarla y hacerla pedazos en ese mismo instante...

Mientras se sostenían la mirada, la mano grande de Valerio, temblando ligeramente, acarició la mejilla de ella.

Erika apartó la cara de inmediato e intentó buscar el seguro de la puerta con la única mano que tenía libre.

Se escuchó un clic rápido. Él ya había puesto el seguro.

—¡Valerio, ¿estás loco?! —le gritó Erika, furiosa.

—¿Todavía te acuerdas de que existo en este mundo? ¡¿Eh?! —le reclamó, acorralándola aún más, fuera de sí.

Erika no quería lidiar con él. Trató de empujar su robusto cuerpo con todas sus fuerzas mientras ordenaba tajante:

—¡Suéltame!

Pero por más que empujaba, el torso del hombre no se movió ni un milímetro.

Un segundo después, él la agarró de la barbilla con brusquedad.

—¡Valerio! ¡Tú...! —Erika lo fulminó con la mirada, intentando zafarse.

Él no la dejó terminar.

Apenas había soltado unas palabras cuando los labios del hombre callaron los suyos.

Lo que siguió fue un beso feroz y descontrolado, como una tormenta.

Le sujetó la mandíbula con fuerza y la besó sin importarle nada, casi con la intención de aplastarla y tragársela entera.

Erika quedó atrapada bajo el peso de Valerio, totalmente inmovilizada.

Como le apretaba la mandíbula, ni siquiera podía usar los dientes para morderlo.

—¡Valerio! ¡Ya suéltame!

Valerio se sentó a un lado en un rápido movimiento, tomándola con ambos brazos para sentarla a la fuerza sobre su regazo.

Todo fue tan rápido que Erika no tuvo tiempo ni de defenderse antes de quedar atrapada contra su pecho.

Él le sujetó la mandíbula con firmeza y preguntó con frialdad:

—¿Pensabas esconderte de mí toda la vida?

Erika intentó voltear la cara con todas sus fuerzas, pero Valerio la hizo mirarlo de nuevo sin el menor esfuerzo.

—Erika... ¡¿De qué diablos está hecho tu corazón?! ¿Por qué te escapaste de mí? ¡¿Por qué desapareciste sin dejar rastro?! ¡¿Por qué?!

Ella siguió revolviéndose, terca. Tenía los brazos aprisionados, así que agitaba las muñecas libres tratando de agarrarse de algo, sin éxito.

De repente, escuchó el grito furioso de Valerio directamente en el oído:

—¡Habla! ¡¿Por qué te estabas escondiendo de mí?!

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