—Si no le vas a pedir ni un peso, ¿de qué vas a vivir? ¿Piensas quedarte arrimada en la casa de Martina para siempre? Yo sé que es tu mejor amiga, pero no puedes vivir a sus expensas toda la vida. ¡En vez de andar dependiendo de otros, ve y reclama lo que te corresponde con Valerio!
Penélope vio que Erika no le contestaba, e imaginó que su tono lastimero le estaba ablandando el corazón, así que se armó de paciencia y continuó, con la voz ahogada en llanto:
—Hazle caso a tu madre, bájale a tu orgullo y ve a pedirle perdón a Valerio. Te lo digo por experiencia, puedo ver que a ese muchacho en serio le importas. Seguro que solo es un malentendido.
Erika agachó la mirada hacia el rostro manchado de lágrimas de Penélope. ¿Preocupada por ella? Más bien estaba asustada de que se les acabara el dinero y sus verdaderos hijos tuvieran que regresar, con su futuro arruinado.
¿Cómo se atrevía a decir que a Valerio le importaba? Si le importara, ¿habría tenido que ir sola al hospital cuando se sintió mal? Si le importara, ¿la humillaría defendiendo a otra mujer en su propia cara? Si le importara, ¿le habría pedido el divorcio?
Solo ella sabía lo frío y miserable que había sido el tiempo que pasó en la casa de los Ramírez.
Como Erika no abría la boca, Penélope arremetió de nuevo:
—¿Acaso crees que te estoy mintiendo?
Dicho esto, sacó una tarjeta bancaria del bolsillo y la aventó a la mesa de centro:
—Esta tarjeta negra te la dio Valerio. Si no le importaras, ¿crees que le preocuparía darte dinero para tus gastos? Y ni me hables del clóset gigante y lleno de lujos que te mandó a construir.
—Según tú, todo eso eran muestras de su empresa, pero cuando los llevé a empeñar, los valuadores me dijeron que eran ediciones especiales. ¡Incluso había unas bolsas que ni con todo el dinero del mundo se consiguen! La verdad me dolió mucho tener que malbaratar todo, ¡pero me urgía ese dinero!
Después de escuchar la diatriba de Penélope, Erika clavó la vista en la tarjeta negra, frunciendo el ceño.

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