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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 35

—Si no le vas a pedir ni un peso, ¿de qué vas a vivir? ¿Piensas quedarte arrimada en la casa de Martina para siempre? Yo sé que es tu mejor amiga, pero no puedes vivir a sus expensas toda la vida. ¡En vez de andar dependiendo de otros, ve y reclama lo que te corresponde con Valerio!

Penélope vio que Erika no le contestaba, e imaginó que su tono lastimero le estaba ablandando el corazón, así que se armó de paciencia y continuó, con la voz ahogada en llanto:

—Hazle caso a tu madre, bájale a tu orgullo y ve a pedirle perdón a Valerio. Te lo digo por experiencia, puedo ver que a ese muchacho en serio le importas. Seguro que solo es un malentendido.

Erika agachó la mirada hacia el rostro manchado de lágrimas de Penélope. ¿Preocupada por ella? Más bien estaba asustada de que se les acabara el dinero y sus verdaderos hijos tuvieran que regresar, con su futuro arruinado.

¿Cómo se atrevía a decir que a Valerio le importaba? Si le importara, ¿habría tenido que ir sola al hospital cuando se sintió mal? Si le importara, ¿la humillaría defendiendo a otra mujer en su propia cara? Si le importara, ¿le habría pedido el divorcio?

Solo ella sabía lo frío y miserable que había sido el tiempo que pasó en la casa de los Ramírez.

Como Erika no abría la boca, Penélope arremetió de nuevo:

—¿Acaso crees que te estoy mintiendo?

Dicho esto, sacó una tarjeta bancaria del bolsillo y la aventó a la mesa de centro:

—Esta tarjeta negra te la dio Valerio. Si no le importaras, ¿crees que le preocuparía darte dinero para tus gastos? Y ni me hables del clóset gigante y lleno de lujos que te mandó a construir.

—Según tú, todo eso eran muestras de su empresa, pero cuando los llevé a empeñar, los valuadores me dijeron que eran ediciones especiales. ¡Incluso había unas bolsas que ni con todo el dinero del mundo se consiguen! La verdad me dolió mucho tener que malbaratar todo, ¡pero me urgía ese dinero!

Después de escuchar la diatriba de Penélope, Erika clavó la vista en la tarjeta negra, frunciendo el ceño.

¿Por qué no se la había dado él mismo? ¿Acaso temía que se la rechazara?

Mientras Erika le daba vueltas en la cabeza a todo eso, volvió a oír la chillona voz de Penélope:

—¡Ya te lo dije! Robar cosas de la mansión Ramírez y quedarme con tu tarjeta estuvo muy mal, me arrepiento de corazón. Pero el dinero de lo que vendí y lo que gasté de esa tarjeta... ¿a poco crees que lo despilfarré en mí?

—Tú eres la hija mayor, y te ganaste la lotería casándote con un hombre rico. Pero tus hermanos apenas van empezando a vivir, y su educación en el extranjero nos sale en un ojo de la cara a tu padre y a mí. Tal vez ahorita me juzgues muy duro, pero vas a ver que cuando tengas tus propios hijos me vas a entender. Una madre es capaz de cualquier cosa por el bien de sus crías.

Penélope saltaba entre ser la heroína sacrificada y una pobre mártir suplicante. Si Erika no la conociera tan bien como la palma de su mano, probablemente habría caído en su patético teatro de la madre abnegada.

—Hijita... yo sé que te fallé, sé que siempre le puse más atención a tus hermanos que a ti. ¡Pero entiéndeme! Todo fue porque ellos nacieron enfermos y batallaron mucho, sobre todo tu hermanito, que casi se nos muere de chiquito y estuvo tantos días en terapia intensiva. Es de humanos, el corazón de una madre siempre tiende a proteger a sus hijos más débiles.

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