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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 354

Ricardo asintió, dándole la razón:

—Buen punto... Oye, viendo cómo te moviste en la tarde... no me da la impresión de que vayas a lanzarte contra la clínica de cirugía plástica de buenas a primeras.

—Todo depende de mi humor —replicó Erika.

Ricardo se quedó mudo por unos segundos.

No era por echarse flores, pero le bastaba con compartir una comida o un rato de charla con una mujer para descifrar su personalidad casi por completo.

Sin embargo, a esta Erika simplemente no lograba leerla. ¿Era misteriosa? ¿Excéntrica?

Emanaba un aura que helaba hasta los huesos.

A eso se le sumaba una elegancia y un porte espectaculares, nada que ver con la imagen de la simple sirvienta que Valerio le había descrito.

Incluso si a ella le hubiera ido muy bien en la vida, esa presencia no encajaba.

Había cierto porte que el dinero no podía comprar; venía en la sangre, era algo natural.

—Señorita Milán, ¿le puedo hacer una pregunta? —indagó Ricardo, sintiéndose cada vez más intrigado.

—Diga —contestó ella.

Ricardo hizo una pausa, algo desconcertado.

«¿Por qué habla igualito que Valerio?», se preguntó. «¿Acaso es maña de contestar con monosílabos? ¿O hoy en día todo el mundo cuida las palabras como si costaran oro?»

Ricardo carraspeó y preguntó en un tono más serio:

—¿Te puedo invitar a salir?

Erika le echó una mirada de reojo y se cruzó de brazos lentamente:

—Punto número uno: tengo veintinueve años. Número dos: tengo tres hijos. Y número tres...

—Mientras no tengas marido, lo demás me tiene sin cuidado —la interrumpió Ricardo rápidamente.

Erika no aclaró si había algún hombre en su vida o no. Decidió que lo mantendría interesado; de algo le serviría después para hacerle pasar un mal rato a Valerio.

Si querían decirle que era fría y calculadora, adelante. Salvo por su reducido círculo de confianza, no le temblaba el pulso para usar a quien fuera necesario.

Y peor aún, cuando este tal Ricardo la confundió con Aurora, se le veía lo enamorado en la cara y en la voz.

Lo dejaría con la duda a propósito.

Erika bajó la mirada y empezó a deslizar el dedo sobre la pantalla de su celular. Un momento después, se lo entregó a Ricardo:

—Desliza la pantalla para ver las imágenes. Checa esto.

Ricardo pasó un par de fotos y de inmediato se tapó los ojos con la manaza, pero se las ingenió para dejar una abertura entre los dedos por donde fisgonear:

—Ay, güey... tú sí que... ¿así de aventada eres? Qué buen cuerpo te cargas, nomás que te veo la piel algo más morena... —murmuraba ruborizado y en voz muy baja mientras veía las imágenes.

Erika recuperó su teléfono sin inmutarse y preguntó con toda calma:

—El hombre que sale ahí, ¿eres tú?

Ricardo analizó la pregunta a la velocidad del rayo y se dio un golpe en la frente:

—¡Pero qué ciego soy! Con esas expresiones de golfa, es obvio que es Aurora. Tú jamás harías esas poses, si estuvieras en la cama, de seguro estarías...

¡Toc, toc, toc!

Tres golpes secos sobre la mesa ahogaron las barbaridades que Ricardo iba a soltar.

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