Erika tenía ganas de agregar: «Si no me soportas, pues vete directo contra mí, pero deja de usar tus artimañas para afectar a terceros».
Sin embargo, Valerio la interrumpió en ese momento:
—No tengo la costumbre de difamar a nadie; siempre me baso en pruebas.
Erika no volvió a replicar. Hacía años que estaba harta de escucharle decir eso.
¡Pruebas y más pruebas! ¡Qué ganas de decirle que mejor se casara con sus dichosas pruebas!
El salón quedó sumido en silencio, y solo se escuchaba la respiración constante de ambos.
Tras un largo rato, Valerio finalmente habló en voz baja:
—Erika, ¿podrías ir a visitar a mi abuelo? Te extraña mucho...
El corazón de Erika dio un vuelco, pero de inmediato lo interrumpió con frialdad:
—No puedo.
No es que ella no se hubiera acordado del abuelo Ireneo en todos esos años, pero después de todo el escándalo con la prueba de paternidad, ni siquiera sabía qué imagen tendría el anciano de ella.
El señor ya era de por sí alguien conservador y muy tradicional. Si a eso se le sumaba que Valerio aseguraba que ella le había sido infiel, y todo el alboroto que había armado Penélope... era un desastre.
Para la familia Ramírez, ella había quedado como una cazafortunas sin valores morales.
¡Y todo eso había sido culpa de Valerio!
No obstante, en medio de su frustración, a Erika le vino de repente a la cabeza esa segunda prueba de paternidad de la cual no sabía los resultados.
¿Acaso el resultado de aquella vez también indicó que "no había relación filial" entre él y los niños?
Aunque Leonardo ya le había mencionado el tema, ella desconocía el veredicto y tampoco quería saberlo. De hecho, muy en el fondo deseaba que el segundo examen también hubiera salido mal.
Pero hoy, al tenerlo frente a frente, era imposible no acordarse de aquellos papeles.
Con esa actitud de Valerio... le daba la impresión de que los segundos resultados habían sido idénticos a los primeros.
¡Porque si no fuera así, con lo que era él, ya habría ido a tocarle la puerta para arrebatarle a los niños!
Entonces, ¿estaba convencido de que ella lo había engañado estando casados?
¿Y la había estado buscando solo para vengarse?
—A mí me pasa igual que a ti, no me gusta revolver los asuntos personales con el trabajo.
Valerio se puso de pie. Su mirada recorrió a Erika, y su tono seguía siendo afable:
—Erika, ¿de verdad tienes que mirarme con tanto coraje? ¿No fue suficiente con esconderte de mí por todos estos años?
Erika utilizó su lenguaje más corporativo para responderle:
—Como la parte que le brinda el servicio, no me atrevería. Sin embargo, le pido de favor, señor Ramírez, que enfoquemos nuestra atención en el proyecto.
Mientras hablaba, Erika mantuvo el contacto visual, sin apartar la vista ni un segundo.
Bajo sus pestañas tupidas, aquellos ojos que solían reflejar dulzura ahora irradiaban una frialdad cortante, acompañados de un orgullo y una rebeldía que le salían desde los huesos.
Valerio frunció ligeramente el ceño. Hizo un intento por hablar, pero sus labios apenas se movieron antes de apretarse y formar una línea recta.
Al verlo en silencio, Erika creyó que él estaba tomando alguna decisión importante, así que decidió esperar un poco más.
Pero, tras ver cómo la manecilla de los minutos en el reloj de la pared avanzaba otra raya, se dio cuenta de que él seguía sin decir ni media palabra; simplemente se quedó ahí de pie, observándola con una expresión indescifrable.

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