Quizás fue por el arranque de emociones de arriba, pero en cuanto Erika llegó a la planta baja, una náusea intensa le subió del estómago a la garganta, como si fuera a vomitar de inmediato.
Entró de prisa al baño del primer piso y, apenas llegó al excusado, comenzó a vomitar con fuerza.
Unos pasos apresurados resonaron fuera del baño. Era María, quien llegó corriendo a darle enjuague bucal mientras le daba palmaditas en la espalda.
—¡Ay, Dios mío! ¿Qué pasó? ¿Se le empeoró la gastritis? ¿Por qué los vómitos de la nada? ¿Trae diarrea?
Mientras María la interrogaba, se agachó a su lado, observándola preocupada.
Erika se sintió un poco apenada e, intentando no mostrar lo débil que se sentía, estiró la mano para jalarle al baño.
Tras tomar el vaso de agua que le pasó María para enjuagarse la boca, las náuseas seguían ahí.
Para entonces, ya no le quedaba nada en el estómago, pero no paraba de tener arcadas secas que le hacían sentir calambres en todo el abdomen.
María la miraba con bastante sospecha, frunciendo el ceño. Estaba a punto de decir algo, cuando la voz neutra de Valerio resonó desde la puerta.
—¿Qué está pasando?
María miró a Erika, quien hacía gestos con la mano para indicarle que saliera.
Llena de dudas, María se acercó a Valerio, que seguía en la puerta, y le habló en voz baja al final del pasillo:
—Señor Ramírez... la señora...
María hizo una pausa. Estuvo a punto de soltarlo, pero las palabras se le atoraron.
Esa reacción que acababa de ver se parecía muchísimo a los achaques de embarazo que ella había tenido de joven.
Pero dada la situación actual entre ellos, y conociendo el carácter de Valerio, ¿qué tal si la obligaba a deshacerse del bebé?
—Habla —le ordenó Valerio de repente.
El sobresalto hizo brincar a María, quien, tras recuperar el aliento, respondió:
—Es que... parece que a la señora se le agravó mucho la gastritis.
Después de pensarlo bien, María no se atrevió a decir la verdad.
Al escucharla, Valerio clavó la mirada en dirección al baño y comenzó a caminar hacia allá.
Para cuando llegó a la puerta, Erika ya se estaba lavando la cara frente al lavabo.
Poco después, levantó el rostro y vio en el espejo el rostro atractivo de Valerio justo detrás de ella.
Se detuvo por un segundo, pero decidió ignorarlo y buscó a María con la mirada en el pasillo.
—María, ¿no viste por casualidad una cajita de terciopelo en los cajones de mi buró cuando hiciste la limpieza?
María, que había regresado siguiendo a Valerio, contestó con total sinceridad:
—No, señora. Cuando limpio, no abro los cajones ni los clósets; solo me encargo de lo que está a la vista.
Erika frunció ligeramente el ceño y volvió a repasar mentalmente qué había hecho con el collar.
Estaba segurísima de haberlo guardado en la caja de terciopelo y de haber metido la caja en el cajón de su buró.
—María, puedes retirarte.
María asintió, dudó por un instante, y luego se fue a otro lado de la casa.
Solo entonces, Erika levantó la mirada y se dirigió a Valerio:
—Ese collar es muy importante para mí. Dámelo... ¡Ugh!...


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