En cuanto Erika salió de la mansión Ramírez y llegó a la zona centro, le pidió al taxista que la dejara directamente en el hospital materno infantil.
Al bajarse del coche, se quedó de pie en la entrada, mirando las letras doradas en lo alto del edificio con el alma hecha un nudo.
Acarició su vientre, todavía plano. En su mente, parecía haber dos voces discutiendo sin parar.
Una la tachaba de desalmada, reprochándole que ya no le importara ni su propia sangre.
La otra trataba de consolarla, diciéndole que si tenía al bebé, sería su angelito, la persona más importante y cercana que tendría en el mundo.
Erika jamás se había enfrentado a un dilema tan tormentoso; nunca imaginó que tendría que tomar una decisión así en estas circunstancias, sintiéndose obligada por la vida.
—¿Qué pasa? ¿Tantas inyecciones y todavía no pegas? ¿No te dijo el doctor que había esperanzas?
Una señora con expresión angustiada pasó junto a ella, regañando a la chica que iba a su lado.
Por otro lado, vio pasar a una muchacha pálida, con los labios resecos y mirada apagada, mientras el muchacho que la acompañaba le preguntaba a cada rato si sentía mucho dolor.
Observar todo eso hacía que el corazón se le oprimiera aún más a Erika.
Un hijo... para algunas personas, el sueño inalcanzable de su vida. Para otras, algo imposible de tener por diversas razones.
Y ella...
Erika subió los escalones arrastrando los pies y, con extrema lentitud, sacó su identificación para formarse en la ventanilla.
Cuando por fin estuvo dentro del consultorio, una doctora de mediana edad revisó sus estudios de reojo, la miró de arriba abajo con frialdad y le preguntó con tono cortante:
—¿Es el primer estudio que te haces? El feto está perfectamente sano. ¿Por qué quieres interrumpir el embarazo?
Erika levantó la vista para sostenerle la mirada. En los ojos de la doctora se notaba una clara indiferencia, incluso cierto desprecio.
Sintió que la estaban sentando en el banquillo de los acusados.
Erika guardó silencio unos segundos, respiró hondo y contestó en un tono neutro:
—Su papá se murió y me da miedo no poder mantenerlo yo sola.
—¿No tienes trabajo? —preguntó la doctora—. ¿Y tu familia? Practicarse un aborto afecta tu salud, ¿ya lo pensaste bien?
Erika asintió, aunque no muy convencida. La doctora le echó una mirada, tecleó algo rápidamente en la computadora, casi sin paciencia, y le entregó su carnet junto con unas órdenes.
—Ve a hacerte estos estudios otra vez. Cuando te den los resultados, me los traes. Primero los checo y luego te programo para la intervención.
Erika salió del consultorio con el corazón en un hilo, deambulando como alma en pena por los pasillos.
Apretó tanto su carnet con las manos que el papel ya estaba todo arrugado.
Tardó un buen rato en recuperar la calma antes de empezar con los estudios, uno por uno.
Cuando por fin se los entregaron, clavó los ojos en el papel del ultrasonido y los abrió de par en par.


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