No le hizo falta subir la vista para verle la cara; sabía perfectamente que era Valerio.
¿Qué hacía ahí? ¿Dónde había dejado a su mujer?
¿Acaso botó a Lorena solo para perseguirla hasta ese lugar y humillarla un rato más?
Erika frunció el ceño. Haciendo como si no existiera, bajó la cabeza y siguió comiendo.
—¿En serio alguien puede comer en un lugar como este?
Se escuchó la voz de Valerio en un tono que no fue ni muy alto ni muy bajo.
Erika apretó la cuchara, se detuvo un instante y luego continuó, sin responderle.
¿"En serio alguien puede comer en un lugar como este"?
¿Acaso un ser humano normal haría una pregunta así?
¿Solo por tener dinero y posición se creía la gran cosa?
¿Por qué no lo gritaba para que todos en el local lo oyeran?
Si llegaba a provocar la furia de los comensales, le encantaría ver cómo se las arreglaba.
Erika, con la mirada aún baja, vio cómo los nudillos de Valerio daban unos golpecitos sobre la mesa:
—Ahorita vas a venir conmigo al hospital a ver al abuelo; en estos últimos dos días no ha estado muy bien.
En un principio no iba a contestarle, pero en cuanto escuchó que don Ireneo estaba delicado, levantó la cabeza de golpe:
—¡¿Qué le pasó al abuelo?! ¡¿No que la última vez el doctor dijo que con unos días de reposo le iban a dar de alta?!
Al levantar la cabeza, los ojos llenos de pánico de Erika se toparon con la mirada serena e inalterable de Valerio.
Ella no se intimidó ni desvió la vista.
Porque estaba desesperada por saber el estado del abuelo.
Él era la única persona que realmente le preocupaba en el mundo.
Pensando en eso, llamó de inmediato a la dueña para pedirle la cuenta.


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