Antes, ella conocía más o menos su forma inescrupulosa de hacer las cosas; si alguien lo ofendía, aunque fuera con un simple comentario que le molestara, no perdonaba a nadie por lástima.
Con mil cosas en la cabeza, Erika sacó el celular y le escribió a Martina. Quería pedirle que le transfiriera dinero, pero como no tenía su cuenta verificada, la transacción no pasaría. No le quedó de otra que borrar el mensaje y redactar uno nuevo, pidiéndole que le trajera el efectivo en persona.
Estaba escribiendo cuando la voz fría y despectiva de Valerio resonó en su oído:
—¿A qué hombre vas a buscar para que te pague?
Erika levantó la cabeza de golpe, deteniendo lo que hacía, y clavó la mirada en el hombre que tenía enfrente. Apretó los labios, que le temblaban ligeramente, en un claro intento de reprimir el torbellino de emociones en su pecho. Al mismo tiempo, en sus ojos se asomaba un destello de enojo y frustración, como si hubiera cruzado su límite.
—¿A ti qué te importa? —espetó Erika con frialdad, sin una sola gota de emoción en su voz.
Al terminar, miró al hombre frente a ella con actitud desafiante, y un evidente desdén brillando en sus pupilas.
Valerio se quedó sin palabras. Se sentó con el rostro ensombrecido; parecía querer contestarle algo, pero, aunque movió los labios, no articuló sonido alguno.
El ambiente se volvió bastante tenso. Los dos permanecieron sentados en silencio. Valerio no hizo el menor amago de irse; solo se limitó a teclear en la pantalla de su celular, como si le estuviera mandando mensajes a alguien.


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