Adrián estaba actuando así a propósito porque vio a Valerio. ¿Acaso intentaba ayudarla a desquitarse?
Mientras Erika pensaba en eso, Adrián ya había llamado a la dueña del restaurante. Sin embargo, cuando la mujer se acercó, venía seguida por Diego.
Antes de que la dueña pudiera decir algo, Diego inclinó la cabeza con respeto hacia Erika:
—Señora, ya me he encargado de pagar la cuenta.
Erika no supo ni qué responder.
Adrián miró a Diego con cara de pocos amigos:
—¿Quién es tu "señora"? Dame tu cuenta, yo te paso ese dinero.
Diego mantuvo los brazos sueltos a los costados y se quedó firme como una estatua, ignorando por completo a Adrián.
En ese instante, Valerio también se levantó; su imponente figura y su porte arrogante desentonaban por completo con el modesto local. Se acomodó los puños de la camisa con calma y habló sin alterarse:
—Diego, prepara el coche. Vamos al hospital.
—Sí, señor Ramírez —contestó Diego con deferencia, para luego dirigirse de nuevo a Erika—. Señora, el abuelo lleva días preguntando por usted, vámonos ya.
Erika estuvo a punto de regañar a Diego por seguir llamándola así, pero la mano de Valerio la interrumpió al agarrarla del brazo.
Justo en ese momento, Adrián le sujetó el brazo a Valerio.
—Suelta a Eri —exigió Adrián mirándolo con dureza.
Valerio apretó la mandíbula, y su semblante se volvió aún más amenazador.
Mientras forcejeaba para soltarse, Erika se topó con el choque de miradas de ambos y soltó con frialdad:
—Valerio, hazme el favor de quitarme las manos de encima. Y dile a tu asistente que deje de llamarme "señora".
Valerio no la soltó; por el contrario, le dio un tirón para acercarla y ordenó:


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