Momentos después, Valerio acomodó la mesa plegable frente a Erika. Por el rabillo del ojo, la joven vio cómo un par de manos grandes destapaban los contenedores uno a uno.
—Llevas casi todo un día durmiendo, primero come algo —dijo Valerio con voz suave.
¿Que si tenía hambre?
Desde el momento en que despertó sentía el estómago vacío. No había probado bocado desde la noche anterior.
La última vez que sintió un hambre así fue cuando era niña...
El aroma de la comida hizo que sus tripas rugieran. Aunque los guisos y la sopa parecían ser recetas muy sencillas y ligeras, para alguien muriendo de hambre eran un verdadero manjar.
Mientras Erika guardaba silencio, Valerio le acercó el contenedor con arroz.
—Come pronto, lo importante es tu salud.
Al notar sus dudas, Valerio tomó un trozo de camarón con los cubiertos y se lo acercó a los labios, diciendo en tono protector:
—Por ahora solo puedes comer cosas ligeras. Yo te ayudo.
Erika alzó la mano y lo apartó con el dorso.
—Puedo comer sola —respondió sin inmutarse.
Mientras Erika comía, Valerio tomó una cuchara y empezó a servirle sopa, soplándola de vez en cuando para que no estuviera tan caliente.
Pero, a pesar de sus atenciones para enfriarle la sopa, Erika no la probó, prefiriendo comerse un plato de huevo cocido.
Valerio no insistió; se tomó la sopa él mismo y acompañó a Erika comiendo algo ligero.
Durante la cena, ninguno de los dos cruzó palabra. Solo cuando Erika se sintió satisfecha, soltó los cubiertos.
Su mirada se posó lentamente en el cable del cargador perfectamente acomodado sobre el mueble; el conector era igual al de su celular.
Erika se bajó de la cama con naturalidad, sacó su teléfono del bolso y lo conectó.
En cuanto la pantalla se encendió, dijo con total indiferencia:
—Por favor, enséñame tu código bancario para transferirte. Te voy a pagar los gastos del hospital, la comida y, de ser necesario, la gasolina.
Pero Valerio no dejó que sus emociones lo dominaran, ni se apresuró a hablar de la relación entre ambos.
La noche era joven, tenían tiempo de sobra...
Conteniendo la calma, Valerio preguntó en tono suave:
—Dime, ¿qué fue lo que viviste anoche? ¿Alguien intentó hacerte daño?
Tras un momento de silencio, Erika contestó:
—No. Hubo un pequeño contratiempo en el trabajo, eso es todo.
Al ver que seguía dándole la espalda, Valerio sintió el impulso de tomarla por los hombros y obligarla a mirarlo, pero temiendo hacerla enojar más, no se movió.
Hizo una pausa y siguió hablando con tranquilidad:
—Eri, sé que te ha ido muy bien en el trabajo estos años, pero la maldad de la gente a veces está muy escondida. Cuéntame con detalle qué pasó ayer, para poder juzgar qué tan grave es la situación.

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