Erika: «...»
¡Ese maldito de Valerio acababa de matarla de vergüenza en público!
Estaba acostado a su lado, sin camisa, durmiendo plácidamente.
La cara de Erika ardía. La situación era tan humillante que deseaba cubrirse con la cobija entera.
Intentó zafarse de su brazo, pero Valerio, aún adormilado, tiró de ella y la volvió a acostar, abrazándola contra su pecho.
—Ejem... —El doctor principal se aclaró la garganta, llevándose el puño a la boca—. Señorita Milán, ¿cómo se siente hoy? Si no presenta ningún otro síntoma, después de desayunar le seguiremos administrando el suero.
Atrapada en la cama, Erika hundió la cara en la almohada y contestó tartamudeando:
—Muy... muy bien, doctor.
—Entonces... los dejamos para que sigan descansando —dijo el médico.
Erika no respondió. Solo escuchó los pasos del grupo alejándose, acompañados de murmullos curiosos.
Erika: «...»
La humillación había sido monumental. ¿Se habrían dado cuenta de que era Valerio? Si el chisme se esparcía...
Pensando en eso, no aguantó más y le dio un manotazo en el brazo:
—¡Levántate!
Para su desgracia, Valerio la abrazó más fuerte. Con los ojos aún cerrados, murmuró perezosamente:
—Hacía años que no dormía tan bien. Otro ratito más. Hoy no voy a trabajar.
Erika hervía de coraje.
¿Acaso no le había quedado claro anoche? ¡Y encima se atrevió a meterse en su cama mientras dormía!
¿A qué estaba jugando ahora?
Fue un beso fugaz, como un roce de mariposa, y de inmediato él se levantó de la cama.
Los movimientos de Valerio fueron tan rápidos que Erika no tuvo tiempo ni de empujarlo antes de que él desapareciera en el baño.
Erika se sentó de golpe, frotándose los labios con el dorso de la mano y dándose palmadas en sus ardientes mejillas.
Qué manera de empezar el día...
Con las manos aferradas a las sábanas, insultó a Valerio con todas sus fuerzas en sus pensamientos.
Cada vez lo entendía menos. Antes siempre mantenía una expresión fría y distante, con esa mirada profunda y afilada.
Emanaba un aura de autoridad absoluta, como alguien inalcanzable que miraba a todos por encima del hombro.
¿Cómo era posible que ese hombre tan serio e imponente se escondiera anoche en el baño a hacer esas cosas y que esta mañana se portara como un cínico sinvergüenza?
Erika se frotó la frente. Tomó su celular de la mesa de noche con la intención de llamar a Martina, pero al recordar que ella estaba muy ocupada, prefirió marcarle a Amelia Chávez.

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