Erika: «...»
¿Estaba parado detrás de ella? ¿Y ahora qué iba a hacer?
El calor en sus mejillas no había desaparecido. ¿Estaría muy colorada? Si la veía ruborizada, seguro pensaría que ella también estaba excitada...
La vergüenza era tanta que quería que la tierra se la tragara.
—Eri... —Esa voz increíblemente profunda sonó a sus espaldas, haciendo que se tensara de pies a cabeza.
Siempre dicen que, después de terminar, la voz del hombre se vuelve perezosa y ronca. Él no era la excepción...
Erika intentó huir, pero él la rodeó fuertemente por la cintura desde atrás. Al instante siguiente, su aliento cálido rozó su cuello:
—Me interrumpiste. Ahora me duele mucho.
—... ¡Suéltame!
Erika forcejeó con todas sus fuerzas, golpeándole los brazos, pero Valerio la apretó aún más. Pegó sus labios al lóbulo de su oreja y le advirtió en un susurro oscuro:
—No te muevas. Si sigues moviéndote, no responderé de mí y te tomaré a la fuerza...
Al oír eso, Erika se quedó paralizada.
Recordaba que la última vez en la mansión Ramírez, si no hubiera empezado a llorar, él no la habría soltado. Y ahora, en esta situación...
Se quedó rígida, sintiendo la respiración caliente de Valerio contra su cuello.
Al parecer seguía sin camisa. Los brazos de él presionaban firmemente los de ella. De manera mecánica, Erika intentó levantar los brazos para zafarse.
Pero al menor movimiento, él la agarraba con más fuerza por la cintura.
Erika decidió no hacer ningún movimiento brusco. Cuando se aseguró de que él no intentaría nada más, su corazón comenzó a calmarse.
La habitación quedó sumida en un profundo silencio, solo interrumpido por la brisa que entraba por la ventana y el latido desacompasado de sus corazones.

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