Aun mientras se disculpaba, a Erika todavía le daban unas ligeras arcadas. Alzó la vista y vio que la cara de Valerio estaba roja del coraje; en sus ojos profundos solo había repulsión pura, asqueado al límite.
—¡Diego, oríllate! —rugió, y con un volantazo, Diego frenó de golpe.
Valerio se bajó de inmediato. Le importó un comino estar en plena calle; se quitó la camisa y la aventó al bote de basura que estaba ahí cerca. Diego corrió a la cajuela por un cambio de ropa y un paquete de toallitas húmedas.
Unos minutos después, Valerio se volvió a meter al coche.
—¿No te vas a enjuagar? ¿Ni a limpiarte la boca? No puedo creer lo sucia que eres.
Valerio le echó una mirada de asco por unos segundos y luego se quedó quieto, guardando su distancia de ella. Seguro Diego escuchó el regaño, porque en corto le pasó a Erika toallitas y una botella de agua desde adelante.
Erika las agarró, se limpió lo mejor que pudo y no dijo ni pío el resto del trayecto.
Pronto llegaron al hospital.
A esas alturas, a Erika ya se le habían quitado las ganas de discutir; solo pensaba en la salud del abuelo y en su cabeza se imaginaba lo peor. La incertidumbre la carcomía viva.
Por su parte, la expresión de Valerio volvió a ser completamente indiferente; desde que se bajó del carro no soltó media palabra.
Al llegar al piso de la habitación de Ireneo, Erika escuchó a lo lejos una carcajada.


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