»Y luego, ya que me componga, vamos a salir a tragar a algún lado y a pasarla bien, como en los viejos tiempos. Ya sabes que a mí también me gusta todo lo que les divierte a ustedes, los jóvenes.
Ireneo siguió platicando por los codos.
Como Erika todavía tenía la duda de si Valerio se la había choreado, le seguía la corriente a Ireneo mientras le echaba ojo a cómo se veía de salud. Aprovechando la vuelta, agarró la hoja de registros médicos que estaba a los pies de la cama y no vio ni una sola nota de que hubiera empeorado.
En conclusión, sumando eso a la vitalidad que cargaba Ireneo, ¡quedaba clarísimo que Valerio le había visto la cara! ¡Maldito mentiroso! ¿Por qué le jugaba chueco así? ¿Qué se traía entre manos?
Para colmo, ella le había advertido que le inventara al abuelo que estaba en el extranjero. ¿Qué fue lo que le dijo realmente? ¿A cuenta de qué le tendía una trampa para llevarla ahí?
Mientras hilaba sus sospechas, Valerio se le acercó; como si nada hubiera pasado, se puso la máscara de marido ejemplar otra vez.
Le envolvió la mano con ternura, y ella escuchó su voz melosa susurrándole al oído:
—Ya ves, Eri. Te dije que el abuelo no aguanta ni un día sin ti, y me tiraste a loco. Ahora que él mismo te lo dijo, ¿a poco te vas a ir?
»En esta casa, el abuelo te necesita para mejorar, hasta los doctores lo confirman. El buen humor es media medicina. Hazme caso, no te vayas al extranjero; quédate aquí haciéndole compañía. Ya que lo den de alta te vas a estudiar fotografía a donde tú quieras. Te doy mi palabra de que te consigo al mejor maestro que haya, o incluso lo traemos hasta acá. Mientras el abuelo salga bien del hospital, después te armo el plan que tú quieras.
Erika no daba crédito a sus palabras. ¿De verdad le estaba tendiendo una trampa? Si ella le daba el avión, terminaría obligada a visitar a Ireneo a cada rato. ¿Qué no se lo había dejado bien claro antes?

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