Al llegar a ese punto, Ireneo le lanzó una mirada fulminante a Valerio y continuó soltando chispas:
—¡Y hay más! Con el pretexto de ocultar que están casados, ¿alguna vez te has puesto el anillo de bodas? ¡Ni una sola vez!
»Cada vez que iba a la mansión Ramírez, ahí estaba Eri a tu lado preguntándote si querías té, si querías café. ¡Hasta en las cenas! No solo estaba al pendiente del menú, sino que se fijaba de que la comida tuviera la sal exacta y el sazón que a ti te gusta.
»Pero dime una cosa. ¿Tú alguna vez te has molestado en preguntarle algo a ella? ¿Sabes qué le gusta comer? ¿Sabes qué le gusta ponerse? Cuando salíamos por ahí y ella veía esos postres de rosas, no les quitaba los ojos de encima. Me confesó que, como a ti no te gusta ese sabor, llevaba muchísimo tiempo sin probarlos.
Dicho esto, a Ireneo de repente le entró el sentimiento y, con voz apagada, agregó:
—Ay, mi nieto tonto. Si eso no es estar enamorada, entonces dime qué lo es. Para mí, el problema no es que ella no sienta nada por ti, es que tú no sientes nada por ella. Yo armé este matrimonio con la mejor intención y resulta que el que se hace el sufrido eres tú. Si no la querías, lo hubieras dicho desde el principio, en vez de lastimar a una muchacha tan buena.
Valerio se quedó pasmado ante la cascada de reclamos de su abuelo. Se suponía que Ireneo era un hombre astuto, ¿cómo era posible que Erika lo tuviera tan comiendo de su mano?
¿De verdad era tan perfecta?
Valerio se levantó despacio, le sirvió un vaso de agua y se lo entregó con respeto:
—No te alteres, abuelo. Tienes toda la razón. Te prometo que de ahora en adelante voy a tratar mejor a Eri.
—¡Híjole, muchacho, más te vale!
Al ver que Valerio entraba en razón, Ireneo soltó un largo suspiro de alivio, agarró el vaso y se lo tomó de un solo trago.
Para cuando Erika regresó con los postres, Ireneo ya se había quedado dormido.
Erika dejó la caja con cuidado sobre el buró, se sentó en la silla junto a la cama y se quedó mirándolo fijamente durante un buen rato.
—El abuelo se puso muy contento de que vinieras a verlo. —Se escuchó la voz inexpresiva de Valerio a sus espaldas.
Erika apenas le dedicó una mirada fría, le acomodó la cobija a Ireneo y se levantó despacio para salir de la habitación.


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