Aunque sabía que lograr que Valerio se disculpara era más difícil que pedirle peras al olmo, Erika no pudo evitar exigirle con indignación.
—Sobre el restaurante, ya le ordené a Diego que inicie los trámites de compra. Y en cuanto a ese tipo... me temo que a partir de hoy la va a tener muy difícil para sobrevivir en Solara.
Toda la valentía de Erika se desplomó al escuchar eso. Al ver el brillo frío e implacable en los ojos de Valerio, sintió un escalofrío recorrerle toda la espalda.
Claro, ese era el verdadero Valerio. ¡El hombre despiadado que no toleraba que nadie se le opusiera!
—¡Valerio! Si te atreves a tocarle un pelo a Adrián, ¡te juro que no te la vas a acabar!
Erika le espetó aquello apretando los dientes y mirándolo con los ojos inyectados en sangre.
Sabía perfectamente que él siempre cumplía sus amenazas. Si terminaba arrastrando a Adrián en todo esto, la culpa la iba a carcomer. ¿Qué podía hacer?
—¿Adrián? ¿Y por qué le hablas con tanta confianza a cualquier aparecido? —preguntó Valerio sin perder la compostura.
Erika lo miró; hace un segundo tenía la mandíbula tensa, pero ahora una sonrisa maliciosa se asomaba en sus labios.
Erika hizo un esfuerzo sobrehumano por controlar sus emociones y trató de sonar lo más pacífica posible:
—Valerio, Adrián fue mi vecino cuando éramos niños. Tanto él como Marti son como de mi familia. Por favor, deja de insultar a la gente y guárdate tus arranques de tiranía, no andes pisoteando a los demás.
—¿Ah, sí? Si quieres que le perdone la vida, se puede arreglar, pero tienes que cumplirme una condición.
Valerio se fue acercando a ella a paso lento, arrinconándola contra la pared antes de detenerse.
Erika tragó saliva y preguntó con la voz temblorosa:
—¡¿Qué condición?!
La mirada de Valerio descendió lentamente de su rostro hasta detenerse en su vientre. Luego, se acercó a su oído y murmuró:

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