En el camino, Erika se sentía como si le hubieran robado el alma. Era obvio que no iba a poder ocultárselo por siempre; lo que Valerio quería averiguar, siempre lo terminaba sacando a la luz.
Su insensibilidad y crueldad eran exactamente las mismas que ella siempre había imaginado.
¿Qué iba a hacer ahora? Cuando Valerio se ponía loco, no le importaba pisotear a quien fuera.
Desde el momento en que había decidido tener a los bebés, se juró a sí misma protegerlos con todo su ser. Pero, ¿y ahora?
No debió haberlo provocado, tendría que haber pensado en sus hijos y alejarse de él lo más posible.
Cuando Erika llegó hecha un trapo a casa de Martina, se encontró con Adrián sentado en el sofá de la sala, como si la estuviera esperando.
—Adrián, ¿estás bien? —Erika ocultó su angustia, soltó rápido su bolsa, se cambió los zapatos y corrió hacia él—. Cuando me salí del restaurante te marqué y no contestaste. Perdóname, Adrián, la culpa de todo esto es mía.
Adrián se levantó del sillón despacio y se le quedó viendo fijamente un buen rato:
—Yo estoy bien, ni te apures. Pero, ¿qué cara traes? ¿Te hizo algo malo? ¿O qué pasó?
A medida que hablaba, el tono de Adrián se fue agriando, con ganas de salir disparado a buscar a Valerio para arreglar cuentas.
Erika negó con la cabeza y se dejó caer exhausta en el sillón.
—No... ya sabes cómo es, cree que todo el mundo gira a su alrededor. Si no fuera por el abuelo Ireneo...
Adrián se sentó a su lado. Al ver que dejaba la frase a medias, le preguntó con preocupación:
—Si no fuera por el abuelo Ireneo, ¿qué piensas hacer?


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