Erika se detuvo y, frunciendo el ceño, dijo:
—Señor Ramírez, debería marcharse.
Valerio respondió con el semblante tranquilo:
—Te esperaré hasta que te desocupes. Te invitaré a comer; tenemos que hablar.
Erika no tenía tiempo para lidiar con él en ese momento; le lanzó una mirada indiferente y salió de la oficina jalando a Amelia.
Aún no habían llegado a la recepción cuando ya escucharon el alboroto y los llantos.
Tatiana se acercó corriendo hacia Erika y reportó con suma angustia:
—Señorita Milán, hace un momento, cuando Renata iba hacia la sala de descanso de empleados, se encontró con esa señorita Pardo que salía de la sala de juntas. Agarró a Renata y no la soltaba, acusándola a gritos de haberle robado el reloj, y además... además, golpeó a Renata.
Erika asintió, su rostro se tornó gélido al instante y aceleró el paso.
Al llegar a la recepción, vio a una mujer vestida a la última moda señalando e insultando sin piedad a Renata, quien permanecía con la cabeza baja, aferrándose al borde de su blusa y hecha un mar de lágrimas.
—¿Usted es la señorita Pardo? Tengo entendido que perdió su reloj aquí —la voz fría de Erika resonó en el pasillo, imponiendo una gran autoridad.
Elena Pardo se detuvo, respirando con dificultad tras los gritos, se volvió y repasó a Erika de arriba abajo con una mirada despectiva, antes de decir con arrogancia:
—¡Vaya! ¿Tú eres la dueña de este lugar? ¿Por fin te dignas a dar la cara? ¡Pensé que te habías escondido con el reloj y no te atrevías a salir!
Erika se mantenía erguida; aunque llevaba zapatos planos, superaba en altura a Elena, quien llevaba tacones.
Lanzó una mirada gélida hacia Elena y luego observó la pila de objetos sobre la mesa de centro. Amelia le había comentado que Elena había vaciado su bolso por pura rabia.


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