—Sí, señorita Milán —respondió Amelia, pero antes de que pudiera dar un paso, Erika añadió:
—Un momento.
Después de detener a Amelia, Erika miró a Elena con calma y le dijo:
—Debería acompañarnos. No vaya a ser que mi personal lo encuentre y luego nos acuse de haberlo sacado de un escondite por miedo a que el problema empeore.
Elena le dirigió una mirada cargada de odio y se quedó inmóvil.
Una ligera sonrisa se dibujó en los labios de Erika, quien continuó:
—Parece que la señorita Pardo no tiene verdaderas intenciones de encontrar el reloj; sus ganas de hacer un escándalo son bastante evidentes.
—¡Tú! ¡Iremos y ya! ¡Maldita sea, me niego a creer que aparecerá ahora si ya lo busqué ocho veces y no lo vi! —pataleó Elena en el suelo, soltando maldiciones con su voz aguda antes de seguir a Amelia hacia el sótano.
Erika las observó alejarse con una mirada impasible y solo se acercó a Renata cuando las perdió de vista.
Apenas llegó junto a ella, Renata se aferró al borde de su camisa y suplicó entre lágrimas:
—Señorita Milán, de verdad que no robé nada, tiene que creerme, puede revisar mis casilleros y mi bolso, o puede llamar a la policía si quiere.
Erika vio la marca roja de una bofetada en el rostro empapado en lágrimas de Renata. Suspiró suavemente, le tomó las manos, se las palmeó con cariño y le dijo en un tono cálido:
—Descansa un momento. Le exigiré que pida disculpas y te dé una indemnización por esa bofetada. Iré a echar un vistazo abajo.
Cuando Erika llegó al sótano, el equipo estaba buscando por todas partes.
Se trataba de un área dividida; la entrada daba a la zona de maquillaje y dentro de esta había otra puerta que llevaba al vestuario.
Erika acababa de llegar a la puerta cuando el grupo salió del vestuario.
Amelia negó con la cabeza en silencio, mientras que Elena miraba a Erika con desprecio:
—¿Y bien? ¿Lo encontraron? ¿Dónde está? ¡Se nota que eres una jefa de pacotilla, págame mi reloj!
Erika señaló el estuche en la pared:
—¿Ya buscaron aquí?
Elena frunció el ceño, miró a Amelia y a los demás con suspicacia y les espetó:
—¿Ustedes buscaron ahí? Vi que lo usaban para guardar los guantes sucios, me dio asco y no lo revisé.
Amelia negó con la cabeza:
—No, cuando entramos usted nos dijo que ya había rebuscado en todo este lugar muchas veces y que no perdiéramos el tiempo. Así que entramos directo al vestuario a buscar.
Al escuchar eso, Erika se levantó sin decir más, descolgó el estuche organizador y lo volcó suavemente sobre una silla acolchada.
Unos cuantos guantes desechables arrugados cayeron al asiento y, justo debajo de ellos, apareció el reloj incrustado de cristales.
Todos se quedaron atónitos, e incluso la propia Elena se tapó la boca, incapaz de apartar la vista del reloj en total asombro.

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