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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 534

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—Sí, señorita Milán —respondió Amelia, pero antes de que pudiera dar un paso, Erika añadió:

—Un momento.

Después de detener a Amelia, Erika miró a Elena con calma y le dijo:

—Debería acompañarnos. No vaya a ser que mi personal lo encuentre y luego nos acuse de haberlo sacado de un escondite por miedo a que el problema empeore.

Elena le dirigió una mirada cargada de odio y se quedó inmóvil.

Una ligera sonrisa se dibujó en los labios de Erika, quien continuó:

—Parece que la señorita Pardo no tiene verdaderas intenciones de encontrar el reloj; sus ganas de hacer un escándalo son bastante evidentes.

—¡Tú! ¡Iremos y ya! ¡Maldita sea, me niego a creer que aparecerá ahora si ya lo busqué ocho veces y no lo vi! —pataleó Elena en el suelo, soltando maldiciones con su voz aguda antes de seguir a Amelia hacia el sótano.

Erika las observó alejarse con una mirada impasible y solo se acercó a Renata cuando las perdió de vista.

Apenas llegó junto a ella, Renata se aferró al borde de su camisa y suplicó entre lágrimas:

—Señorita Milán, de verdad que no robé nada, tiene que creerme, puede revisar mis casilleros y mi bolso, o puede llamar a la policía si quiere.

Erika vio la marca roja de una bofetada en el rostro empapado en lágrimas de Renata. Suspiró suavemente, le tomó las manos, se las palmeó con cariño y le dijo en un tono cálido:

—Descansa un momento. Le exigiré que pida disculpas y te dé una indemnización por esa bofetada. Iré a echar un vistazo abajo.

Cuando Erika llegó al sótano, el equipo estaba buscando por todas partes.

Se trataba de un área dividida; la entrada daba a la zona de maquillaje y dentro de esta había otra puerta que llevaba al vestuario.

Erika acababa de llegar a la puerta cuando el grupo salió del vestuario.

Amelia negó con la cabeza en silencio, mientras que Elena miraba a Erika con desprecio:

—¿Y bien? ¿Lo encontraron? ¿Dónde está? ¡Se nota que eres una jefa de pacotilla, págame mi reloj!

Erika señaló el estuche en la pared:

—¿Ya buscaron aquí?

Elena frunció el ceño, miró a Amelia y a los demás con suspicacia y les espetó:

—¿Ustedes buscaron ahí? Vi que lo usaban para guardar los guantes sucios, me dio asco y no lo revisé.

Amelia negó con la cabeza:

—No, cuando entramos usted nos dijo que ya había rebuscado en todo este lugar muchas veces y que no perdiéramos el tiempo. Así que entramos directo al vestuario a buscar.

Al escuchar eso, Erika se levantó sin decir más, descolgó el estuche organizador y lo volcó suavemente sobre una silla acolchada.

Unos cuantos guantes desechables arrugados cayeron al asiento y, justo debajo de ellos, apareció el reloj incrustado de cristales.

Todos se quedaron atónitos, e incluso la propia Elena se tapó la boca, incapaz de apartar la vista del reloj en total asombro.

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