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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 539

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Dicho esto, Ricardo salió corriendo a toda prisa del estudio.

Erika le lanzó una mirada fulminante a Valerio y también salió a la calle.

Apenas llegó a su auto en el área de estacionamiento y se acomodó al volante, Valerio se subió al asiento del copiloto.

Erika lo miró de reojo, invadida por la desesperación. De pronto, tuvo una idea; sacó el teléfono de su bolso, buscó algo en la pantalla y se lo mostró:

—¡Mira, estos son mis hijos! Así que deja de soñar.

Para su sorpresa, Valerio miró la foto durante un rato y comentó:

—¿Tuvimos hijos en estos años que no recuerdo? ¿Y encima trillizos? Mmm... Todos tienen un gran parecido a mí de cuando era niño; me encantan.

Erika se quedó perpleja.

De inmediato, le arrebató el teléfono de las manos a Valerio y le espetó:

—¡No son tuyos, bájate del auto!

Valerio no se movió, y, con suma calma, respondió:

—Quienquiera que los vea dirá que esos niños son míos. Dime, ¿acaso en estos años hice algo malo que te enfadó y por eso te niegas a hablarme? ¿Es así?

Erika se quedó sin palabras. Se reclinó en el asiento, cerró los ojos para descansar unos instantes y luego sentenció con frialdad:

—Valerio, tomando en cuenta que perdiste la memoria, no voy a discutir contigo. Pero he trabajado todo el día, estoy agotada, así que te pido que te bajes.

Dicho esto, Erika se enderezó un poco, se inclinó hacia el asiento de Valerio y abrió la puerta del copiloto.

Valerio frunció el ceño y dijo en un tono bajo:

—Entonces ve a casa a descansar. Vendré a buscarte otro día.

Con total serenidad, Erika tomó su taza de té, la sostuvo frente a él y, actuando como si no hubiera escuchado sus palabras, cambió de tema de inmediato:

—Señor Ríos, el día de la inauguración hubo tanto alboroto que no pude conversar bien contigo. Brindo con esta taza de té en señal de mi sincero agradecimiento por la ayuda que le brindaste a Martina.

Erika bebió de la taza como si de alcohol se tratara. Luego, sacó una tarjeta bancaria de su bolso y la depositó suavemente sobre la mesa:

—Te pregunté antes cuánto habías gastado para movilizar tus contactos, pero te negaste a decírmelo. Toma esto, es de parte de Martina. Hace un momento hablé con ella por teléfono y no pudo llegar a tiempo, pero me dijo que buscará otro momento para agradecerte como es debido.

Ricardo echó un vistazo a la tarjeta de reojo, tomó la taza de la mesa y se la bebió de un solo trago. Al terminar, la apretó con fuerza y clavó la vista en la mesa con una mirada indescifrable, sin decir una sola palabra.

Erika sabía exactamente lo que pasaba por su mente; a estas alturas del partido...

Ricardo se había esforzado mucho por ayudar a Martina, y dejando a un lado cómo le pagarían ese favor en el futuro, ella sentía que debía contarle ciertas cosas que él quería saber.

A fin de cuentas, Ricardo no era el tipo despreciable que ella alguna vez pensó; además de ayudar a salvar a Martina, él siempre había sido muy respetuoso con ella.

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