Dicho esto, Ricardo salió corriendo a toda prisa del estudio.
Erika le lanzó una mirada fulminante a Valerio y también salió a la calle.
Apenas llegó a su auto en el área de estacionamiento y se acomodó al volante, Valerio se subió al asiento del copiloto.
Erika lo miró de reojo, invadida por la desesperación. De pronto, tuvo una idea; sacó el teléfono de su bolso, buscó algo en la pantalla y se lo mostró:
—¡Mira, estos son mis hijos! Así que deja de soñar.
Para su sorpresa, Valerio miró la foto durante un rato y comentó:
—¿Tuvimos hijos en estos años que no recuerdo? ¿Y encima trillizos? Mmm... Todos tienen un gran parecido a mí de cuando era niño; me encantan.
Erika se quedó perpleja.
De inmediato, le arrebató el teléfono de las manos a Valerio y le espetó:
—¡No son tuyos, bájate del auto!
Valerio no se movió, y, con suma calma, respondió:
—Quienquiera que los vea dirá que esos niños son míos. Dime, ¿acaso en estos años hice algo malo que te enfadó y por eso te niegas a hablarme? ¿Es así?
Erika se quedó sin palabras. Se reclinó en el asiento, cerró los ojos para descansar unos instantes y luego sentenció con frialdad:
—Valerio, tomando en cuenta que perdiste la memoria, no voy a discutir contigo. Pero he trabajado todo el día, estoy agotada, así que te pido que te bajes.
Dicho esto, Erika se enderezó un poco, se inclinó hacia el asiento de Valerio y abrió la puerta del copiloto.
Valerio frunció el ceño y dijo en un tono bajo:
—Entonces ve a casa a descansar. Vendré a buscarte otro día.
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