Milena hizo una pausa. Su mirada, llena de dolor y arrepentimiento, se clavó en Erika mientras pronunciaba con tono desolador:
—Señorita Milán, como se habrá dado cuenta, no soy una buena persona. Si pedí verla a primera hora fue, por un lado, para suplicarle perdón y, por otro, para agradecerle al señor Ramírez por salvarnos a las que tuvimos esta desgracia.
Al terminar de hablar, Milena hizo una profunda reverencia hacia Erika y se quedó congelada en esa postura.
Por su parte, Erika estaba completamente anonadada con todo lo que acababa de escuchar.
La podredumbre de la agencia del Grupo Horizonte de Martín Falcón, el infierno por el que había pasado Milena... todo eso la dejaba boquiabierta.
Y ella, Erika, sin haberle hecho daño a nadie, había terminado en la mira y a punto de convertirse en una víctima.
Y esos altos mandos del Grupo Ramírez que Milena había mencionado...
Erika le lanzó un par de miradas en dirección a Valerio y luego volvió a enfocarse en Milena. Con voz gélida, sentenció:
—Vete. No tengo nada más que decirte, hagamos de cuenta que jamás nos conocimos.
Apenas pronunció esas palabras, Milena cayó de rodillas y rogó envuelta en llanto:
—Señorita Milán, se lo suplico, por favor pídale al señor Ramírez que no arruine mi carrera. Solo tuve la mala suerte de no entrar a una buena agencia. Si no fuera por todos estos tratos inhumanos, yo que estudié actuación tendría un futuro brillante por delante. Se lo ruego...
En ese momento, desde el sofá y sin dignarse a voltear, la voz implacable de Valerio resonó en la habitación:
—Te doy un minuto para largarte de aquí. Si no, no me temblará la mano para mandar a que te echen a patadas.
Erika dudó un segundo y luego habló despacio:
—De nada te sirve arrodillarte ante mí. Las decisiones que él tome no son mi problema. Ya bastante considerada estoy siendo al no hacerte pagar por intentar tenderme una trampa, sabiendo todas las humillaciones que has pasado siendo tan joven.
El tono de Erika era frío y definitivo. Tras decir esto, se frotó la cabeza, que aún le dolía, tomó su ropa del mueble y caminó directo al baño.
Mientras se ponía el mismo conjunto del día anterior, escuchó los gritos ahogados de Milena del otro lado de la puerta, que se fueron apagando poco a poco.


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