—No, no tengo fiebre, seguro es por el frío de la mañana. Mejor ya vámonos —respondió Erika forzando una sonrisa—. Perdóname por haberte arrastrado a todo esto, Amelia.
Amelia caminó junto a ella hacia la salida, restándole importancia al asunto.
—Ay, no digas eso, Erika. Fue algo que salió de la nada, pero estoy bien. Seguro al rato las pastillas hacen efecto y se nos quita el dolor. Vamos primero a la sala de estar; pedí que nos prepararan algo de tomar para el susto. Nos tomamos algo y nos vamos.
Erika asintió con la cabeza y luego preguntó:
—¿Por pura casualidad has visto a Diego?
Amelia señaló con la barbilla hacia adelante.
—Mira, allá está. Parece que les está dando órdenes a unos guardaespaldas.
En cuanto ambas se acomodaron en los mismos asientos de antes y picaron algo de comida, Diego se acercó.
—Señorita Milán.
Erika levantó la mirada y preguntó en voz baja:
—Diego, ¿sucede algo?
Al ver que Diego parecía dudar, Erika dejó su cuchara sobre la mesa y se puso de pie.
—Hablemos por allá.
Diego siguió a Erika de prisa hasta llegar a un rincón apartado de la sala.
—Dime, Diego.
Con una inclinación respetuosa, Diego fue directo al grano.
Al escucharlo, Erika asintió pausadamente.
—Te lo agradezco, Diego.
Erika estuvo a punto de indagar sobre las repercusiones legales de los golpes que Valerio había repartido, pero aunque movió los labios, las palabras no le salieron.
Diego, notando al instante su titubeo, se apresuró a decir:
—Señorita Milán, si tiene algo en mente, por favor, dígamelo sin reservas.
—Ese... ese malnacido de Martín Falcón, ¿ha dicho si piensa presentar cargos contra el señor Ramírez? —tartamudeó Erika, y enseguida aclaró—: Te lo pregunto porque, siendo que él se involucró para salvarme, es lo mínimo que debo hacer. Así que, por favor, no vayas a darle un significado distinto a mis palabras ni se lo cuentes con otras intenciones.
Diego asintió con seriedad y, frunciendo el ceño, contestó:
—Hasta el momento no tenemos noticias, pero es poco probable que lo haga.

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