—No, no tengo fiebre, seguro es por el frío de la mañana. Mejor ya vámonos —respondió Erika forzando una sonrisa—. Perdóname por haberte arrastrado a todo esto, Amelia.
Amelia caminó junto a ella hacia la salida, restándole importancia al asunto.
—Ay, no digas eso, Erika. Fue algo que salió de la nada, pero estoy bien. Seguro al rato las pastillas hacen efecto y se nos quita el dolor. Vamos primero a la sala de estar; pedí que nos prepararan algo de tomar para el susto. Nos tomamos algo y nos vamos.
Erika asintió con la cabeza y luego preguntó:
—¿Por pura casualidad has visto a Diego?
Amelia señaló con la barbilla hacia adelante.
—Mira, allá está. Parece que les está dando órdenes a unos guardaespaldas.
En cuanto ambas se acomodaron en los mismos asientos de antes y picaron algo de comida, Diego se acercó.
—Señorita Milán.
Erika levantó la mirada y preguntó en voz baja:
—Diego, ¿sucede algo?
Al ver que Diego parecía dudar, Erika dejó su cuchara sobre la mesa y se puso de pie.
—Hablemos por allá.
Diego siguió a Erika de prisa hasta llegar a un rincón apartado de la sala.
—Dime, Diego.
Con una inclinación respetuosa, Diego fue directo al grano.


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