Erika lo miró con evidente incredulidad.
—Pero si después de todas las barbaridades que cometió en este lugar tiene un pie en la cárcel, ¿cómo puedes estar tan seguro de que no lo hará?
Diego guardó silencio por unos segundos antes de responder:
—Tengo mis métodos, señorita Milán, no se mortifique. Le aseguro que el señor Ramírez saldrá bien librado de esto.
Luego, señaló hacia el exterior y añadió:
—Ya le tengo preparado un auto con chofer en el estacionamiento. Vaya a descansar; las pastillas no causan efectos secundarios, solo procure tomar mucha agua.
Erika asintió.
—Muchas gracias, te dejo para que sigas trabajando. Si... si llega a haber alguna novedad con este asunto, ¿podrías mantenerme al tanto?
—Por supuesto, faltaba más. Que tenga un buen camino de regreso —se despidió Diego, haciendo una ligera reverencia con total respeto.
....................
Al día siguiente.
Con la inquietud carcomiéndole el alma, Erika dejó a Amelia a cargo del estudio fotográfico y manejó directamente hacia el hospital donde tenían internado a Martín Falcón.
Al llegar al piso indicado, se percató de que había dos policías vigilando la puerta, y de vez en cuando se asomaba personal médico.
Erika dudó un instante, pero al final se acercó a la puerta y preguntó con educación:
—Buenos días, oficial. Disculpe, ¿me permitiría pasar a visitar al paciente?
—Por el momento las visitas están restringidas únicamente a familiares directos. ¿Qué parentesco tiene usted con él?
Justo cuando el oficial terminó de hablar, la puerta de la habitación se abrió de golpe.
En el umbral apareció la esposa de Martín, Cristina Falcón.
Estaba pálida como un fantasma; sus ojos, inyectados en sangre, lucían hinchados y hundidos, y sus labios estaban resecos, sin una gota de color.
Además, viendo que Cristina la había alejado de los policías sin intentar agredirla físicamente, prefirió escuchar primero lo que tenía que decirle.
Unos instantes después, Cristina estalló:
—¿Qué, no eras tú la esposa de Leonardo Romero? ¿Ahora también te da por imitar a las golfas y andar de resbalosa con cualquiera? ¿Qué pasa, querías enredarte con mi marido y de paso se te antojó el señor Ramírez porque es uno de los hombres más poderosos y millonarios? ¿Te haces la mosquita muerta para que dos hombres se maten por ti?
Cristina continuó repasándola de arriba a abajo con desprecio, añadiendo con burla:
—¿Toda esa cara bonita y esa figura envidiable solo te sirven para andar de cascos ligeros?
Llegada a este punto, Cristina perdió por completo los estribos.
Sin previo aviso, levantó la mano, agarró a Erika del cuello de la blusa y le escupió entre dientes:
—¡Por culpa de mujerzuelas bonitas como ustedes es que Martín acabó destruido!
Erika frunció el ceño. ¡Había que ser muy cínica! Qué fácil era echarle la culpa a las mujeres cuando el único pervertido era su propio marido.

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