El semblante de Erika se ensombreció de inmediato. Zafándose con fuerza del agarre de Cristina, replicó con voz cortante:
—Para hablar pestes de los demás no hay quien te gane. Nadie sabe mejor que tú qué clase de calaña es tu marido. Si yo estuviera en tus zapatos, en lugar de estar echándole la culpa a otras mujeres de que él esté en la miseria, ¡me encargaría de hundirlo yo misma!
A pesar del tono incisivo de sus palabras, Cristina se quedó paralizada, con la mirada clavada en el cuello de Erika. No hizo ni el más mínimo intento por defenderse; por el contrario, un brillo extraño iluminó sus ojos, como si acabara de encontrar un tesoro escondido.
Desconcertada, Erika siguió su mirada y bajó la vista hacia su escote. De su cuello colgaba aquel viejo dije de su collar.
Volvió a mirar a Cristina, comprobando que, efectivamente, no le quitaba los ojos de encima al dije.
Erika frunció el ceño. De repente recordó que, tras un altercado en la escuela de los niños, se había enterado de que Cristina y Penélope Milán se conocían.
Penélope le había mencionado una vez que ella llevaba ese collar desde que era una niña, y por la reacción de Cristina, era evidente que lo reconocía.
Pero ¿cómo podía ser posible? Lorena Jiménez tenía un collar idéntico... ¿Acaso Cristina también conocía a Lorena?
Mientras todos estos pensamientos se atropellaban en su cabeza, Cristina entrecerró los ojos y le preguntó:
—Tú eres Erika, ¿verdad? ¿La hija de Joaquín y Penélope Milán?
Erika, fingiendo que no tenía ni la menor idea de quién era, le siguió el juego:
—¿Tú los conoces?
Cristina soltó una risita cargada de desprecio.

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