Dos días después, Erika ya se sabía de memoria los documentos del proyecto que le había asignado Luciano y había preparado el plan de sesión fotográfica sin contratiempos.
Para la fotografía de bodegones, el proceso era relativamente sencillo. Además, como ahora contaba con una asistente para colocar los objetos y acomodar la iluminación, el trabajo no resultaba tan pesado.
—Erika, ¿puedo llamarte así?
Mientras ajustaba la lente, Erika notó el respeto con el que Cristina, su asistente, la trataba, así que le devolvió el gesto con amabilidad.
Colocó con cuidado la cámara sobre la alfombrilla del escritorio y respondió de manera cálida:
—Claro que sí, Cristina. Te agradezco mucho por tu esfuerzo de hoy. Ya es mediodía, vámonos a comer.
Cristina, que estaba recogiendo el equipo, asintió:
—Perfecto, Erika. ¿Vas a salir a comer o prefieres ir a la cafetería del estudio?
—Traje mi comida…
Al mencionar su comida, el corazón de Erika se llenó de ternura. Martina se la había preparado con mucho cariño y le prometió que le cocinaría a diario, siempre y cuando no tuviera que salir de viaje.
Saliendo de su ensoñación, Erika se sorprendió un poco:
—¿A poco tenemos cafetería aquí?
Cristina respondió con entusiasmo:
—¡Sí! No es muy grande, pero tampoco es pequeña. Tiene un menú muy variado y la comida está súper rica. Aunque no es gratis, sale mucho más barato que ir a un restaurante. Y lo mejor de todo es que la cocina está separada del comedor por unos ventanales de vidrio, así que puedes ver cómo preparan todo. Te da mucha confianza.
Erika no pudo evitar sonreír al escuchar a la chica hablar sin respirar:

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