Dos días después, Erika ya se sabía de memoria los documentos del proyecto que le había asignado Luciano y había preparado el plan de sesión fotográfica sin contratiempos.
Para la fotografía de bodegones, el proceso era relativamente sencillo. Además, como ahora contaba con una asistente para colocar los objetos y acomodar la iluminación, el trabajo no resultaba tan pesado.
—Erika, ¿puedo llamarte así?
Mientras ajustaba la lente, Erika notó el respeto con el que Cristina, su asistente, la trataba, así que le devolvió el gesto con amabilidad.
Colocó con cuidado la cámara sobre la alfombrilla del escritorio y respondió de manera cálida:
—Claro que sí, Cristina. Te agradezco mucho por tu esfuerzo de hoy. Ya es mediodía, vámonos a comer.
Cristina, que estaba recogiendo el equipo, asintió:
—Perfecto, Erika. ¿Vas a salir a comer o prefieres ir a la cafetería del estudio?
—Traje mi comida…
Al mencionar su comida, el corazón de Erika se llenó de ternura. Martina se la había preparado con mucho cariño y le prometió que le cocinaría a diario, siempre y cuando no tuviera que salir de viaje.
Saliendo de su ensoñación, Erika se sorprendió un poco:
—¿A poco tenemos cafetería aquí?
Cristina respondió con entusiasmo:
—¡Sí! No es muy grande, pero tampoco es pequeña. Tiene un menú muy variado y la comida está súper rica. Aunque no es gratis, sale mucho más barato que ir a un restaurante. Y lo mejor de todo es que la cocina está separada del comedor por unos ventanales de vidrio, así que puedes ver cómo preparan todo. Te da mucha confianza.
Erika no pudo evitar sonreír al escuchar a la chica hablar sin respirar:
Unos minutos más tarde, Cristina regresó trotando, empapada en sudor y sosteniendo un recipiente todo abollado. Cuando se detuvo frente al escritorio de Erika, tragó saliva y comenzó a tartamudear:
—Perdón… perdóname mucho, Erika. Yo… sin querer tiré tu tupper al piso. La comida se cayó y el recipiente se abolló todo. ¡En serio lo siento muchísimo!
Erika frunció el ceño y le dedicó una sonrisa resignada. Al mirar a Cristina, vestida de mezclilla y playera, se dio cuenta de que todavía tenía toda la pinta de una estudiante universitaria recién graduada.
—No pasa nada, tranquilízate. Al cabo que así podemos ir juntas a la cafetería —la consoló Erika con voz suave mientras tomaba el tupper y lo dejaba a un lado.
Cristina se frotó las manos nerviosamente y agachó la cabeza, tal como una niña regañada.
—Perdóname, de verdad. ¿Ahora crees que soy una inútil? Te juro que en el trabajo siempre pongo el cien por ciento de mi atención. Lo que pasó fue que iba a las prisas para ganar el microondas y que pudieras comer rápido… y por correr sin fijarme, me choqué con alguien…
—Ya, son accidentes que pasan. ¿Tú no te lastimaste? —la interrumpió Erika de forma maternal, tomándole las manos para revisarla.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón