Cristina negó con la cabeza enérgicamente:
—¡Qué linda eres, Erika! Ándale, yo te invito de comer hoy, y mañana te juro que te compro un tupper nuevo bien bonito.
Erika sonrió levemente, sacudió la cabeza para restarle importancia y se dirigió a la cafetería junto con ella.
Al llegar, Cristina tomó dos bandejas con entusiasmo y le tendió una.
Como tenían antojos diferentes, Cristina se fue directo a la sección de guisados con carne, mientras que a Erika le apetecía algo más ligero. Así que se separaron.
Mientras la mirada de Erika recorría distraídamente los platillos exhibidos tras el cristal, sintió de pronto que una mano firme le agarraba el brazo sin previo aviso.
No tuvo tiempo ni de soltar un grito; una fuerza contundente la jaló hacia un lado de un solo tirón.
Inmediatamente después, el ruido estrepitoso de platos y bandejas rompiéndose contra el suelo retumbó por toda la cafetería.
Aún desorientada por el caos, Erika levantó la cabeza y sus ojos se cruzaron con los del hombre que la había jalado.
—¡Adrián! ¿Qué haces aquí?
Preguntó con los ojos muy abiertos y un ligero temblor en la voz.
Adrián, con una expresión severa y una clara chispa de furia en la mirada, le clavó los ojos a algo que estaba un poco más allá y le ordenó en voz baja:
—Eri, quédate aquí y no te muevas.
Sin darle más explicaciones, soltó su brazo, pasó por su lado a zancadas y se dirigió directo hacia el punto donde se habían hecho añicos los platos.
Allí en el piso, una chica que acababa de caer luchaba por levantarse.
Adrián se plantó frente a ella, inamovible. Se inclinó ligeramente y le soltó una mirada fulminante.
—¡Habla! ¿Por qué querías lastimar a Erika? ¿Quién te mandó?
Cristina llegó jadeando y no paraba de revisarla de pies a cabeza con la mirada, para asegurarse de que no tuviera ni un rasguño.
El corazón de Erika se llenó de ternura y la tranquilizó con dulzura:
—No te asustes, Cristina. Todo bien. Solo fue alguien que se resbaló por accidente.
Cristina siguió la mirada de Erika y vio a la chica que recién se estaba poniendo de pie mientras se limpiaba la ropa salpicada de caldo. De vez en cuando, la muchacha les lanzaba miradas de reojo.
Era una mirada extraña. Como si conociera a Erika, como si le tuviera terror, pero a la vez, como si la odiara.
Erika frunció el ceño con profunda confusión. ¿Qué demonios significaba todo eso? Si ella ni siquiera sabía quién era esa muchacha.
Pero al recordar la actitud fría e intimidante que Adrián acababa de tener con la chica, era evidente que ahí había gato encerrado.
Mientras su cabeza no dejaba de darle vueltas al asunto, Adrián ya la iba jalando hacia la salida.

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