Al cruzar la puerta, no solo lo esperaban sus padres. Su abuelo, Ireneo Ramírez, ya estaba instalado en el centro del salón.
Valerio caminó con calma y se sentó en el sofá frente a ellos. Notó los rostros de piedra y las miradas fulminantes, pero la escena no lo tomó por sorpresa.
Desde el momento en que planeó el anuncio público, ya había calculado las consecuencias que desataría dentro de aquellas paredes.
De hecho, habría podido apostar la expresión exacta de indignación que cada uno iba a tener.
—¡De pie! ¡¿Quién te dio permiso para sentarte?! ¡¿Con qué cara te acomodas en mi presencia?! —rugió Ireneo, golpeando el piso de mármol con la punta de su bastón, produciendo un eco seco y amenazante.
Valerio apretó los labios y se incorporó lentamente.
—Abuelo, por favor no te alteres. Te hará daño en tu estado.
La reprimenda de Ireneo fue implacable:
—¡¿Y ahora resulta que te preocupa mi salud?! ¡Grandísimo insolente, estás armando una revolución en esta familia!
Valerio se aclaró la garganta y se atrevió a bromear:
—Abuelo, ten cuidado con las palabras, que al insultarme nos arrastras a todos por herencia.
—¡Ah, te crees muy gracioso, pedazo de infeliz! ¡A ver si sigues riendo cuando te rompa las piernas! —Exclamó Ireneo, alzando el bastón y asestándole un golpe a su nieto.
Valerio no se inmutó. Recibió el impacto de pie, sin pestañear.
Pero al instante siguiente, el sonido del golpe fue sepultado por los sollozos teatrales de Silvia, que inundaron toda la sala.
Ireneo detuvo el castigo y soltó un bufido de cansancio. Valerio intentó ayudarlo a tomar asiento, pero el viejo le dio un manotazo y lo fulminó con la mirada.
Silvia, secándose los ojos empapados, comenzó su drama:
—¡Dios mío, qué pecado cometí para merecer esto! Crié a un hijo que hace lo que le da la gana... ¡y resulta que tengo dos nietos y una nieta en edad escolar y ni siquiera les conozco la cara!
Valerio se armó de paciencia.
—Mamá, esto no se puede hacer a la fuerza. Dame tiempo para manejar las cosas.
A un lado, Ireneo exhaló un suspiro cargado de pesadumbre:
—Ay, Valerio... todo esto es tu obra. Es tu maldita culpa. Si no fueras tan arrogante, si hubieras escuchado mis consejos de domar tu mal carácter, jamás habrías alejado a Eri de tu lado.
Mientras hablaba, el abuelo se limpió una lágrima traicionera, con la mirada empañada por la lástima:
—Mi pobre y adorada Eri... cuánto debió sufrir criando ella sola a tres criaturas. Seguro que me guarda un rencor inmenso. Y con razón; la que intentó acabar con su vida no fue ella, y sin embargo huyó del mundo entero, incluso de mí... y se escondió durante todos estos años...
Tras un largo discurso teñido de nostalgia y culpa, Ireneo alzó la voz hasta el techo:
—¡Mocoso infeliz! ¡Vas a ir y te vas a arrastrar de rodillas hasta que Eri acepte regresar a esta casa! ¡Tú arrastraste su dignidad por los suelos, la obligaste a sobrevivir en el exilio con sus bebés! ¡Tú...!

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