Sus manos apretaban las sábanas con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos y las venas de sus muñecas resaltaban. Era evidente la desesperación que sentía.
Valerio frunció el ceño y se inclinó, acercando el rostro para intentar entender qué decía.
Al escucharla, los recuerdos del pasado lo golpearon de frente. Las palabras que Erika murmuraba eran exactamente las mismas que solía repetir en sus pesadillas años atrás.
Antes, él pensaba erróneamente que ese ruego, "No te vayas, no me abandones", estaba dirigido a otro hombre. Ahora que conocía la verdad de su historia, estaba seguro de que esos terrores nocturnos eran producto de un trauma profundo.
Quería abrazarla, darle un poco de consuelo, pero...
Valerio se quedó paralizado junto a la cama. Toda su ropa estaba arruinada por el vómito, y lo único que llevaba puesto era una toalla atada a la cintura. Mientras tanto, Erika, cubierta solo por las sábanas... no llevaba absolutamente nada.
Sin embargo, verla sufrir de esa manera, consumida por sus miedos y con el alcohol quemándole por dentro, le rompía el corazón.
Tras dudarlo unos segundos, se metió en la cama junto a ella. Se recostó de lado y pasó su brazo fuerte y protector alrededor de su cuerpo.
Eso sí, se aseguró de mantener la sábana entre los dos, limitando al máximo el contacto directo piel con piel.
Pero en el momento en que su brazo la rodeó, Erika reaccionó como si hubiera encontrado su refugio. Buscando instintivamente ese calor humano, se acurrucó contra su pecho como un gatito asustado.
Aunque todavía mantenía el ceño fruncido, la expresión de terror en su rostro comenzó a disiparse.
Incapaz de contenerse, Valerio le susurró al oído con voz ronca y profunda:
—Dime... ¿a quién le pides que no se vaya?
Erika balbuceó algo, pero fue completamente ininteligible.
Valerio suspiró y se limitó a acariciarle la espalda con suavidad, sin hacer más preguntas. Solo quería que se sintiera a salvo y lograra descansar.


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