—¿No sabías que tu asistente, Carla, se fue a trabajar a Estudio Blanco?
Al escuchar esto, la mano con la que Vanesa sostenía la cámara comenzó a temblar. Pasaron varios segundos antes de que lograra articular palabra, con la voz ahogada:
—No puede ser. Le marqué hace unos días, cuando salí del hospital, y me contestó. Me aseguró que ya se había encargado de todo lo que le pedí. Estuve reposando en casa unos días y hoy que regresé me topo con que le dio todo mi trabajo a Erika.
—¿Ah, sí? Haz memoria. En todos los días que estuviste internada, ¿alguna vez te llamó por su cuenta? ¿O fue a visitarte al hospital?
Luciano hablaba sin prisa, pero con una certeza inquebrantable.
El mismo día que Vanesa ingresó al hospital, Carla había presentado su renuncia bajo la excusa de regresar a su pueblo natal. Jamás mencionó nada sobre el proyecto de Grupo Ramírez.
Y él apenas se había enterado hace un par de días que en realidad la muchacha se había ido a Estudio Blanco.
Tras procesar las palabras de Luciano, Vanesa soltó la cámara a toda prisa, sacó el celular de su bolsa y marcó el número de Carla una y otra vez.
Después de varios intentos fallidos que la mandaban a buzón, bajó el teléfono con los ojos inyectados en sangre.
En ese instante, alguien se acercó y le puso una pantalla de celular enfrente.
—Vanesa, checa esto.
Aún hirviendo de coraje, Vanesa le echó un vistazo rápido a la noticia de un portal de fotografía. La rabia en sus ojos se intensificó al instante.
¡Carla! ¡Esa maldita traidora!
La última vez que le ordenó humillar a Erika había echado todo a perder, y ahora tenía el descaro de apuñalarla por la espalda aprovechándose de que estaba en el hospital.



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