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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 73

—¿No sabías que tu asistente, Carla, se fue a trabajar a Estudio Blanco?

Al escuchar esto, la mano con la que Vanesa sostenía la cámara comenzó a temblar. Pasaron varios segundos antes de que lograra articular palabra, con la voz ahogada:

—No puede ser. Le marqué hace unos días, cuando salí del hospital, y me contestó. Me aseguró que ya se había encargado de todo lo que le pedí. Estuve reposando en casa unos días y hoy que regresé me topo con que le dio todo mi trabajo a Erika.

—¿Ah, sí? Haz memoria. En todos los días que estuviste internada, ¿alguna vez te llamó por su cuenta? ¿O fue a visitarte al hospital?

Luciano hablaba sin prisa, pero con una certeza inquebrantable.

El mismo día que Vanesa ingresó al hospital, Carla había presentado su renuncia bajo la excusa de regresar a su pueblo natal. Jamás mencionó nada sobre el proyecto de Grupo Ramírez.

Y él apenas se había enterado hace un par de días que en realidad la muchacha se había ido a Estudio Blanco.

Tras procesar las palabras de Luciano, Vanesa soltó la cámara a toda prisa, sacó el celular de su bolsa y marcó el número de Carla una y otra vez.

Después de varios intentos fallidos que la mandaban a buzón, bajó el teléfono con los ojos inyectados en sangre.

En ese instante, alguien se acercó y le puso una pantalla de celular enfrente.

—Vanesa, checa esto.

Aún hirviendo de coraje, Vanesa le echó un vistazo rápido a la noticia de un portal de fotografía. La rabia en sus ojos se intensificó al instante.

¡Carla! ¡Esa maldita traidora!

La última vez que le ordenó humillar a Erika había echado todo a perder, y ahora tenía el descaro de apuñalarla por la espalda aprovechándose de que estaba en el hospital.

La voz de Vanesa la sacó abruptamente de sus pensamientos.

Cualquier rastro de empatía que Erika pudiera haber sentido se esfumó al instante ante la agresividad y el descaro de la mujer.

Luciano, al presenciar la nueva rabieta, caminó lentamente hacia ellas y, bajando un poco el tono, sugirió una vez más:

—Señoras, ¿podemos pasar a la oficina?

Vanesa se negó en rotundo:

—¿Y qué tiene de malo arreglarlo aquí mismo?

Cegada por el coraje, Vanesa ya había perdido por completo el respeto hacia su jefe.

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