Su actitud era más bien la de un socio exigiendo cuentas en plena disputa de negocios.
Luciano esbozó una sonrisa desganada. Caminó hacia una mesa redonda cercana, tomó asiento y dio un par de golpecitos en la cubierta de cristal.
—Muy bien, entonces siéntense y hablemos.
Erika ya no aguantaba el cansancio de estar de pie, así que no lo dudó ni un segundo y fue a sentarse frente a él.
Vanesa dudó un momento, pero terminó arrimando una silla también.
Luciano le echó un vistazo a su alrededor. Ninguno de los presentes hizo el menor amago de retirarse; todos querían ver en qué terminaba el chisme.
Erika notó la expresión pensativa de su jefe e intentó adivinar qué pasaba por su cabeza.
Era evidente que la negativa de Vanesa a ir a la oficina, sumada al numerito que acababa de hacer reclamando comisiones y bonos, buscaba arrinconar a Luciano para que le diera la razón en público.
Erika ya se imaginaba que el regreso de esa mujer iba a desatar un drama de esta magnitud; lo que no sabía era cómo lo manejaría Luciano.
Mientras ella elucubraba sus teorías, Luciano fue directo al grano:
—Vanesa, es un hecho que tú cerraste el contrato, pero Erika fue quien se aventó todas las sesiones. De hecho, hoy es el último día de producción, lo que significa que prácticamente hizo todo el trabajo pesado. Por lo tanto, de las ganancias generadas por el proyecto de Grupo Ramírez, a Erika le toca el setenta por ciento y a ti el treinta.
Luciano lo dijo en un tono completamente informativo, como quien comunica una decisión inamovible.
Al escuchar esto, Vanesa pegó un brinco de la silla, lívida de coraje. Casi al borde de las lágrimas, le reclamó:


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