—¡Siéntate! —Julia lo jaló de la camisa, hablándole en voz baja, llena de impotencia, como si estuviera a punto de romper en llanto.
Joaquín sacudió la mano para zafarse, molesto, aunque al final pareció tomar ese gesto como una salida, frunció los labios y se sentó de mala gana.
—Segundo: después de pasar la evaluación, compones letra y música tú solo. La compañía te da un año, si no tienes resultados, te vas por tu cuenta.
—Tercero: te largas ahora mismo.
Vanesa puso sus papeles sobre la mesa, mirándolo directo a los ojos.
—¿Cuál eliges?
—¡No voy a elegir ninguno! —Joaquín ignoró la mano de Julia, se acercó hasta quedar frente a Vanesa.
—¿Y tú qué, eh? ¿Te crees con derecho de darme órdenes? ¿Aquí ya no hay nadie que mande o qué, que mandan a una chamaca a hacerse la jefa? Te lo advierto, llama a Moon, yo con ella sí platico. ¿Qué, el problema es el dinero? Si Iker puede pagar, yo también. ¡Tengo un millón de seguidores!
Al escuchar su nombre, Iker cruzó los brazos y solo se encogió de hombros, disfrutando el drama.
—¿Y tú? Mejor deja de jugar al adulto, mocoso. Vete a estudiar para tu examen de ingreso, no sea que te saques puro cero y tu familia te ponga una regañada de campeonato.
—¿Así que eliges la tercera opción? —Vanesa lo miró sin inmutarse, como si nada de lo que Joaquín decía lograra alterarla.
—¡¿Que no escuchaste?! ¡No! ¡Voy! ¡A elegir! —Joaquín le pegó al escritorio con el dedo, los ojos tan abiertos que parecía que se le iban a salir.
Vanesa perdió el interés y la paciencia.
—Blanca, alístate para preparar el contrato de rescisión.



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