En el aeropuerto, Vanesa deslizaba el dedo por su celular, aburrida, sin nada que hacer. No fue hasta que la gente empezó a salir poco a poco por la puerta de llegadas que guardó el aparato y alzó la vista, mirando hacia el interior con cierta expectativa. Por suerte, no tuvo que esperar mucho antes de ver a la persona que había venido a buscar.
—¿Y tú qué haces aquí? —Los ojos de David Lobos se iluminaron al verla, y hasta la fatiga que traía encima pareció desvanecerse un poco. Dio unos pasos más rápidos, casi trotando hacia Vanesa.
Carlos Solano, acostumbrado a esas escenas, tomó la maleta de David sin decir mucho. Saludó a Vanesa de lejos con una mano y luego salió del aeropuerto.
—Tenía ganas de venir, así que aquí estoy —respondió Vanesa con naturalidad, abriendo los brazos. David, sin pensarlo, la abrazó fuerte, apoyando la cara en su hombro y en la curva de su cuello. Dejó escapar un suspiro largo, como si necesitara soltar todo lo que traía cargando.
—Se nota que fue una batalla —dijo Vanesa, medio en broma—. Desde lejos se te ven esas ojeras.
—Hablar con ese montón de señores que solo saben juzgar a los jóvenes desde su pedestal… Te juro, cada minuto quería estamparles la mano en la cara.
—¿Te compro un tambor para que te relajes, o prefieres una estampita de San Judas?
La ocurrencia de Vanesa sacó una carcajada a los dos, relajando el ambiente.
David se enderezó, tomó la cara de Vanesa entre sus manos y la sacudió suavemente, como si jugara con ella.
—Pues entonces encárgame una túnica también, y me meto de lleno a la vida contemplativa.
—Listo, mañana mismo te hago el pedido, señor Lobos —bromeó ella, guiñándole un ojo.
David le revolvió el cabello con cariño, mirándola con una ternura que lo decía todo.
—¿Ya comiste algo?
Vanesa negó con la cabeza.
—En la mañana fui al estudio Eco de Musas, y apenas terminé, me vine directo para acá.
—Pues vámonos a comer algo —dijo David. Vanesa asintió, y entrelazando los dedos, salieron juntos del aeropuerto.
...
Terminaron de comer y todavía era temprano.
—¿A dónde quieres ir? —preguntó David, que había conseguido su licencia de conducir apenas cumplió la mayoría de edad.



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