—Solo es una persona que no puede hablar, ni siquiera fue culpa mía. ¿Crees que solo por mover la boca y decir tonterías vas a hacer que me culpen?
Al escuchar esas palabras, la mirada de Vanesa se volvió aún más indiferente.
—Más te vale aferrarte a tu puesto de joven ama de la familia Montemayor, porque si a Elías le pasa algo estando con los Montemayor, aunque sea un solo cabello, te juro que te arranco diez de los tuyos. Si Elías llega a sentirse mal, tú tampoco la vas a pasar bien. Lo que te digo, lo cumplo.
Mientras hablaba, Vanesa tomó un mechón del cabello de Jacinta y le dio un ligero tirón, dejando muy clara su amenaza.
La voz de Vanesa era como un susurro diabólico que heló la espalda de Jacinta. Sin saber por qué, un miedo inexplicable comenzó a apoderarse de ella.
Los labios de Jacinta temblaron apenas. Vanesa lo notó, se le dibujó una media sonrisa y la soltó.
Se irguió con elegancia, su uniforme resaltando su porte distinguido. Levantó el mentón con orgullo, pareciendo una reina que miraba a todos desde lo alto.
—Joven ama de la familia Montemayor, pues a partir de ahora, me voy a divertir contigo.
—¡Vanesa, yo no voy a perder! ¡La joven ama de la familia Montemayor soy yo! ¡Toda la riqueza y el lujo me pertenecen! ¡No voy a perder!
La puerta se abrió y la voz aguda de Jacinta se dejó oír, resonando por todo el lugar. Estrella y Lucrecia voltearon a mirarla al mismo tiempo.
—¿Ya terminaste? —Estrella arqueó una ceja y soltó a Lucrecia.
Vanesa asintió, cerró la puerta y dejó fuera el escándalo de Jacinta. Su expresión seguía serena, pero Estrella sabía que estaba muy enojada.
—Voy a ir a darle una arrastrada. —Estrella ya iba para adentro, pero Vanesa la detuvo.
Negó con la cabeza y Estrella se quedó quieta de inmediato, aunque hizo un gesto de fastidio, incapaz de ocultar su molestia. Solo le quedó mirar feo a Lucrecia, que para ella, no era más que una cómplice de Jacinta, igual de falsa y traicionera.
—Vámonos —dijo Vanesa, ignorando por completo a Lucrecia, y se fue con Estrella, pasándole el brazo por los hombros. Lucrecia observó cómo ambas se alejaban y solo cuando doblaron la esquina, pudo reaccionar.
Inspiró hondo, abrió la puerta y entró corriendo.
—¿Estás bien, Jacinta? —preguntó Lucrecia, fingiendo preocupación.


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