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La Princesa romance Capítulo 173

—¡Pero si vas a la escuela, la cosa cambia! —exclamó Elías, dando un golpe en la mesa.

El estruendo hizo que Camila pegara un brinco; hasta olvidó quitarse la cuchara de la boca, y se quedó mirándolo fijamente, con los ojos muy abiertos.

—Sí, ya sé que levantarse temprano está de flojera, que las clases son aburridas y que luego hay tarea, pero… ¡puedes jugar futbol con otros! También puedes aprender a montar. Yo hasta me compré un rancho solo para eso, luego te enseño mi caballo; se ve increíble en las fotos, ¿quieres verlo?

No esperó a que Camila respondiera. Sacó el celular, buscó su galería y se preparó para enseñarle las fotos.

Al notar que estaban un poco lejos, Elías se bajó de su asiento y arrastró la silla hasta que los descansabrazos chocaron. Solo entonces, satisfecho, volvió a sentarse.

—Mira, este es mi potrillo. Ya que crezca un poco más, va a estar más imponente todavía. Apuesto que nunca has visto un caballo tan chido como este. La próxima vez, por fin te voy a llevar al rancho para que veas lo que es bueno.

Elías soltó un —¡hm!— con aire presumido, pero su actitud más bien le sacó una sonrisa a Vanesa. Ella se cubrió la boca, tratando de esconder la risa que ya no podía contener. David, al notar el buen ánimo de Vanesa, también se dejó llevar por la alegría y soltó una risita suave, los ojos llenos de ternura.

Por su parte, Camila parecía estar acostumbrada a la forma de ser de Elías. Solo lo miró y asintió, con esos ojos enormes y brillantes que derretían a cualquiera.

—Si vas conmigo a la escuela, no me importa desviarme todos los días para pasar por ti.

En el fondo Elías también estaba nervioso. Invitar a Camila a ir juntos a la escuela no era solo por otras razones, sino porque él mismo lo deseaba. No le caía mal Camila; dejando de lado el tema de Vanesa, Camila le parecía buena onda.

No hablaba mucho, pero eso no le preocupaba; él ya hablaba de más por los dos. Y lo más importante: él era buen amigo, siempre sacaba la cara por los demás. Si se metían en problemas con Vanesa, él podía cubrirla, así Vanesa no le borraría el perfil del juego.

—Y después de clases te llevo a comer helado más rico que este, ¿qué tal? Nada que perder, ¿verdad?

—Va.

—Si no te gusta el helado, también puedo… ¿eh? —Elías se quedó pasmado, con los ojos como platos—. ¿Qué dijiste?

Vanesa también se sorprendió. Se enderezó en el asiento y miró a Camila con atención.

Camila hurgaba el fondo del vasito de helado, la cara casi metida adentro, y volvió a decir en voz baja:

—Sí.

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