Aurelio arrugó el entrecejo y volvió a sentarse en el sillón. Lo que dijo Vanesa no carecía de sentido; todo tenía que hacerse paso a paso. En la escuela había demasiada gente, y si de pronto metían a Camila en un ambiente completamente desconocido, sin que él fuera capaz de decir una sola palabra, tal vez terminaría igual que en el kínder.
Que Camila se atreviera a dar ese paso ya era ganancia, pero si por un descuido la situación empeoraba, el daño sería irreparable.
—Entonces, Vane, ¿qué propones? —preguntó Irma, con cierto nerviosismo.
—Pienso que Cami debería ir al Instituto Frankfurt.
—¿Instituto Frankfurt? —Aurelio no pudo disimular la sorpresa en su voz.
El Instituto Frankfurt, igual que la universidad donde estudiaba Vanesa, era una de las escuelas más prestigiosas para familias de recursos. Tenían una oferta de clases que no se comparaba con ninguna escuela común y corriente. Ahí no solo aprendían lo básico, también había talleres de todo tipo, desde equitación y tiro con arco, hasta diseño y desarrollo de proyectos. Además, el colegio contaba con asesores académicos y psicólogos, y su enfoque principal era enseñar con alegría, sin meterle presión a los alumnos.
—En el Instituto Frankfurt, a cada estudiante le hacen pruebas para descubrir sus talentos y, según los resultados, les arman un plan de estudios personalizado. Cami, con su habilidad especial, va a estar mejor ahí que en cualquier escuela normal.
—Vane, ya te entendí. Nadie niega que el Instituto Frankfurt sea una maravilla. Pero… el problema no es que no queramos que Cami vaya, sino que, con lo que tenemos ahora, la escuela ni siquiera lo aceptaría —dijo Aurelio, encogiéndose de hombros.
Vanesa ladeó la cabeza, con una sonrisa confiada.
—Por eso digo que lo dejen en mis manos.
—¿Tienes alguna manera? —Aurelio la miró con asombro.
Vanesa asintió. Resulta que el director y presidente del Instituto Frankfurt había enfermado de repente mientras subía un cerro, y justo ella estuvo ahí para ayudarlo.

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