La única espinita que les quedaba a Alba y Bernardo era no tener una hija. Pero no era que Alba no quisiera, sino que Bernardo jamás se atrevió a intentarlo de nuevo.
Cuando Alba tuvo a David, todo el embarazo transcurrió sin sobresaltos; sin embargo, al llegar el momento del parto, las cosas se complicaron. David no quería salir y Alba pasó un día y una noche enteros luchando en la sala de partos. Bernardo, que no se despegó de su lado ni un segundo, salió tan asustado de ahí que ni en sueños lograba descansar. Por más de un mes, cada vez que se despertaba, lo primero que hacía era asegurarse de que su esposa seguía a su lado.
Al terminar la cuarentena, Alba había subido apenas un kilo, pero Bernardo, en cambio, estaba tan flaco que las mejillas se le veían hundidas, casi irreconocible.
Mientras estaban en la clínica de recuperación, Alba vio a unas señoras cargando a sus hijas y, sin pensarlo, soltó:
—¿Y si mejor nos animamos por una niña?
El susto de Bernardo fue tal que al día siguiente ya tenía agendada una cita para hacerse la vasectomía. Desde entonces, Alba supo que no iba a convencerlo por nada del mundo.
...
Al final, la decisión de mudarse los tres estuvo muy marcada por la influencia de Vane. Los dos estaban indecisos, pero después de platicar con ella, no lo pensaron más: firmaron el contrato y pagaron la casa de contado.
Recién instalados, lo primero que hicieron fue mandar a David con un regalito para la niña de la familia Montemayor. Alba, convencida del encanto de su hijo, pensaba que, igual y con suerte, el niño lograba hacerse amigo de la pequeña... bueno, invitarla a casa, no “robarla”, como se le escapó pensar.
Pero ni siquiera cruzó la puerta cuando la niña lo despachó como si nada.
Ver a su hijo, todo cabizbajo, fue tan raro que Alba, como buena mamá, no pudo evitar reírse de él.
Bernardo, tras escuchar lo sucedido, se agachó y miró a David a los ojos, revolviéndole el cabello con cariño.
—Esta vez te equivocaste, hijo. No puedes ir por la vida juzgando a las personas. Anda, recoge tus cosas y ven a comer. Mañana vas y le pides disculpas, ¿entendido?
—Eso, y de paso la invitas a la casa. Yo le preparo algo rico —agregó Alba con una sonrisa traviesa.
Bernardo miró a su esposa, como si ya estuviera acostumbrado a sus ocurrencias, y le acarició la cabeza, consentidor.

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