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La Princesa romance Capítulo 228

Vanesa fue de todos modos. Ahora estaba sentada en la casa de David. Aunque la distribución era la misma, el ambiente se sentía completamente distinto.

La familia Montemayor siempre la había hecho pensar en paredes frías y pasillos silenciosos. En cambio, en la casa de los Lobos, por todos lados se veían fotos familiares llenas de vida, capturando momentos cotidianos.

Miró cómo Alba le revolvía el cabello a David y le decía cosas como “¡Bien hecho!” mientras, en la cocina, Bernardo hacía ruido cortando fruta, el sonido llenando el espacio con calidez.

Jamás había visto una escena así en su propia casa. No importaba cuántas veces se mudaran los Montemayor, su hogar seguía siendo un lugar donde el silencio pesaba demasiado. El único momento en que se escuchaba algo era cuando ella y Esteban discutían.

Por lo general, sus papás solo llegaban a casa cuando ya era muy noche. Aunque vivían bajo el mismo techo, era normal pasar diez o quince días sin verlos. Esteban, por su parte, estaba siempre fuera. A veces le traía dulces o alguna botana, pero eso no cambiaba el hecho de que ella casi siempre estaba sola.

Por estar sola, los niños del barrio se juntaban para molestarla. Ella no se dejaba, respondía mordiendo o jalando, y así nadie salía ganando. Cuando los otros niños perdían, iban corriendo a buscar a sus papás, que llegaban a reclamar, mientras los niños se escondían detrás de ellos, haciéndole caras.

Pero ahí sí, ella ya no tenía que defenderse. Esteban no se preocupaba si los adultos estaban presentes o no; se acercaba y le soltaba una cachetada al niño, y hasta llegaba a enfrascarse en peleas con los papás, todo según él “para enseñarles a educar a sus hijos”.

Con el tiempo, Vanesa y Esteban aprendieron a ser más sutiles: molestaban a los vecinos con pequeñas cosas, como romperles un vidrio o lanzarles bichos a los niños. Poco a poco, los niños de la cuadra empezaron a tenerles miedo, y sus papás dejaron de ir a quejarse, limitándose a advertirles que no se juntaran con ellos.

¿Pero quién quería jugar con ellos? Si eso era “jugar”, ellos sabían hacerlo a su manera.

Tenía solo cinco años y ya era mucho más madura que otros niños de su edad. Por eso, siempre tenía ese aire tan serio; casi siempre, solo podía confiar en sí misma.

Desvió la mirada, saliendo de sus recuerdos. Pero las fotos familiares por toda la casa la hacían sentir incómoda, como si le picaran algo por dentro.

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