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La Princesa romance Capítulo 349

—Valentín, mire, ¿qué le parece si hago que mi hermano le pida una disculpa a los niños, y yo pongo algo de dinero extra para que se compren algo de comer y tomar, así se les pasa el susto y se quitan la mala vibra? ¿Le parece bien así?

Aunque Julio hervía por dentro, frente a Valentín solo le quedaba poner su mejor cara y fingir una sonrisa. Sabía que si se metía con Valentín, se estaría echando encima a todo el gremio farmacéutico, y él todavía quería vivir muchos años.

Y qué decir de Alfonso, el abogado más temido del momento, famoso por nunca perder un caso. Si llegaba a ponerse del lado contrario... Julio tragó saliva. Mejor ni pensarlo.

Echó un vistazo a las personas que estaban paradas cerca. Si no recordaba mal, cualquiera de esos podía poner su empresa en aprietos con solo mencionarlo. No tenía la menor intención de acabar en la ruina tan joven.

—¿Hermano? —Raúl no podía creer lo que estaba oyendo.

Julio, al escuchar a su hermano, sentía ganas de desheredarlo ahí mismo. Apenas había salido de un lío y ya le había metido en otro. ¡No pasaba ni un día sin que le causara problemas!

Sin ocultar su fastidio, tomó a Raúl y lo arrastró hasta donde estaba Federico, obligándolo a inclinar la cabeza en señal de disculpa.

Federico reaccionó rápido y se hizo a un lado, esquivando la reverencia.

—Señor Yáñez, no hace falta hacer esto. Pienso llegar hasta el fondo con este asunto —dijo Federico, con una voz tan tranquila que parecía platicar sobre el clima.

—¿Entonces ya no hay manera de arreglarlo? —preguntó Julio, soltando un suspiro al ver que no había salida.

—Hermano, ni te preocupes, que igual hasta ellos son los que terminan pagando —Raúl, todavía sin captar la gravedad de la situación, intentó hacerse el valiente.

—¡Cállate de una vez! —le soltó Julio, harto. Si no fuera porque su mamá estaba en medio, ya lo habría mandado por un tubo. No hacía más que comer, dormir y buscarle problemas.

Raúl, haciendo pucheros, decidió mejor no decir nada.

—No se preocupe, yo seguiré atendiéndolo. Una cosa no tiene nada que ver con la otra —Federico, al notar que Julio tenía algo más que decir pero se lo guardaba, decidió tranquilizarlo.

—Vamos a levantar la denuncia —dijo Federico, firme, sin vacilar ni un segundo.

El policía miró a Julio, quien solo pudo asentir, mostrando en su cara la derrota.

La mujer a su lado ni se atrevía a abrir la boca, mientras Raúl seguía convencido de que su hermano arreglaría todo, que al final solo tendrían que pagar una compensación y ya, aunque el trámite fuera más largo.

—Muy bien, entonces los voy a pedir que me acompañen a la estación para tomarles la declaración.

—Gracias, de verdad —Federico y Alfonso se inclinaron en señal de agradecimiento.

—No hay de qué, es mi trabajo —respondió el policía. Ya tenía claro el panorama, y viendo la actitud de ambas partes, sabía perfectamente cómo actuar.

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