Estos chicos se notaba a leguas que venían de familias adineradas. Todos parecían sobresalientes, educados, y hasta simpáticos, algo que ya casi no se ve. Nada que ver con los que salen en la tele.
—Vane, ¿por qué no tú y David se van a descansar un rato? Yo voy con mi hermano a resolver esto —dijo Federico, acercándose y revolviéndole el cabello con cariño.
—Estoy bien —respondió Vanesa, aunque sabía que Federico había malinterpretado la situación, no quiso aclararlo en ese momento.
—Bueno, más tarde te llevo unos pastelitos a la entrada de tu dormitorio.
Viendo que insistía, Vanesa decidió dejarlo así y pensó en explicarle bien después.
—Cuando terminen de grabar, llámenme.
—Va.
—David, te encargo a Vane —le pidió Alfonso, y David asintió de inmediato.
...
Los policías iban al frente, seguidos de Alfonso y Federico. Julio, fastidiado por la actitud de su hermano menor, le lanzó una mirada fulminante y empujó a Raúl para que los siguiera.
—¡Ay! —exclamó Sabrina de repente, captando la atención de todos. Un celular yacía en el suelo, mientras una mujer, con el rostro desencajado, miraba a su esposo.
—No… yo… —la mujer retrocedió un paso, nerviosa.
Sabrina se agachó, recogió el celular y lo revisó. Suspiró apesadumbrada.
—Se rompió toda la pantalla. Y ni siquiera le puse mica.
—Eso se arregla con doscientos o trescientos pesos, no te preocupes, yo pago —dijo la mujer, buscando dinero en su bolsa.
—¿Doscientos o trescientos? Este es un modelo especial. Solo cambiar la pantalla te sale en unos veinte o treinta mil —le soltó Sabrina, levantándose y mostrándose tranquila.
—¿Veinte o treinta mil? ¡Eso es un robo! Además, fuiste tú la que no vio por dónde iba, ¿qué tengo yo que ver? —La mujer se puso pálida y dejó de buscar el dinero.
Julio se llevó la mano a la cabeza, deseando desaparecer.
—En las cámaras se ve clarito: tú me empujaste y el celular salió volando. No lo aventé —le respondió Sabrina, señalando hacia arriba. Justo sobre ellas, una cámara de seguridad apuntaba directo.
—¿Así que me quieres hacer la mala? —La mujer, fuera de sí, levantó la mano, lista para empujarla.
En ese instante, Sabrina cayó al suelo.
El ambiente se volvió un caos. Vanesa y Estrella corrieron a auxiliarla, apenas logrando sostenerla.
—¡¿Qué te pasa?! ¡Yo no la empujé, yo no la empujé! ¡Ella sola se tiró! —gritó la mujer, agitando las manos para demostrar su inocencia.
—¡Ella tiene problemas del corazón! ¡Si le pasa algo, no te lo voy a perdonar! —se lanzó Estrella, furibunda, mientras el aire se llenaba de tensión.
...

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Princesa