Muy pronto llegó el jueves.
Inés había pasado toda la mañana ocupada en el salón del evento. Revisó el equipo una y otra vez, asegurándose de que todo funcionara perfecto, pero aun así no podía calmar ese nerviosismo que le revolvía el estómago.
—¿Cómo va todo? —Nicolás se acercó, parándose a su lado. Aunque estaban juntos, no parecían una pareja a punto de casarse, sino más bien socios de negocios.
—El equipo ya está listo, las invitaciones se mandaron, y en unos minutos comenzarán a llegar los invitados —Inés acomodó su cabello, dejando ver con intención los aretes de gemas que promocionaba ese día.
—Por cierto, también invité a Vanesa y a Sabrina.
Nicolás frunció el ceño.
—¿Y para qué las invitaste a ellas dos?
—Para que vean mi éxito, ¿qué otra cosa? —contestó Inés, como si fuera lo más normal del mundo—. Quiero que tengan que mirarme desde abajo, sin poder hacer nada, como si fueran mudas. Que solo puedan ver cómo triunfo, aunque les arda.
Sus ojos destellaron con una pizca de malicia, y una sonrisa se le escapó de los labios. Parecía que ya podía ver a Vanesa y Sabrina en la audiencia, furiosas, pero sin poder cambiar nada.
—No subestimes a Vanesa. No es de las que se dejan pisotear. Fue capaz de fundar dos empresas a espaldas de la familia Montemayor cuando estaban en su mejor momento, y además tiene el apoyo total del Grupo Lobos y contactos por todos lados. Mejor no te pases de lista.
Nicolás soltó una risa seca, echando a perder el entusiasmo de Inés.
La sonrisa de Inés desapareció y su mirada se llenó de fastidio. Incluso su tono se volvió cortante.
—Entonces ve y cásate con ella. Pero qué lástima que la señorita anda pegada al presidente de Grupo Lobos desde chiquitos. Son novios y no se separan ni para respirar. Seguro ni te pela.
Nicolás sintió que su buena intención había sido desperdiciada, su cara se puso larga y dejó de prestarle atención. Sin decir más, se dio media vuelta y se alejó.
Si no fuera porque el viejo le había exigido aparecer como el prometido de Inés, ni siquiera estaría ahí.
A Inés no le importó la actitud de Nicolás, y siguió organizando los detalles del evento como si nada.
—Señorita Gavilán, ya puede pasar a maquillaje.
Al escuchar eso, Inés siguió a su asistente rumbo al backstage.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Princesa