Por suerte, Esmeralda siempre había sido una chica aplicada. Desde pequeña nunca les dio mayores problemas y ahora hasta logró entrar a la preparatoria más prestigiosa de la ciudad. Tomando en cuenta la situación de la familia, la escuela aceptó exentarle el pago de la inscripción.
Tanto Fabiola como su hija estaban felices. Hablaron de que, en cuanto Fabiola recibiera su sueldo, la llevaría al centro para comprarle alguna prenda nueva. Después de todo, desde que el hombre de la casa perdió el trabajo, madre e hija no habían vuelto a pasear por la ciudad y la ropa de Esmeralda seguía siendo la misma de hace tres años.
En la adolescencia los hijos crecen rapidísimo y varias prendas ya le quedaban cortas, pero como la mayoría del tiempo usaba el uniforme, nadie notaba nada.
Mientras platicaban, el hombre regresó tambaleándose, con una botella en la mano y apestando a alcohol. Al verlo, madre e hija guardaron silencio y, sin decir palabra, entraron a la cocina para servir la comida que ya tenían lista.
—Ahorita vas a casa de Manuel y le pagas lo del alcohol —ordenó el hombre con tono autoritario. Golpeó la mesa y le dio una patada a la silla, provocando que Esmeralda pegara un brinco.
—¿Y mi vaso? ¡Ve y tráeme mi vaso para el trago!
Esmeralda apretó los labios, aguantando las ganas de contestar, y fue a la cocina. Cuando regresó, llevaba el vaso en la mano.
La familia se sentó a la mesa. El ambiente era tan tenso que hasta el sonido de los cubiertos parecía demasiado fuerte. El hombre seguía sirviéndose, copa tras copa, y la alegría con la que Fabiola y Esmeralda conversaban hace unos minutos desapareció por completo.
Fabiola, después de pensarlo una y otra vez, soltó el aire y dejó sus cubiertos. Miró al hombre con decisión, aunque se notaba que le costaba hablar.
—¿Qué estás mirando? —aventó el hombre, estrellando el vaso contra la mesa.
—¡A tu edad ya había chavas que hasta dos hijos tenían! —replicó él, convencido.
—Y tú, ¿te crees mucho porque ganas algo de dinero? ¿Quién sabe qué haces con el jefe de la fábrica? A ver si no me salen con que Esmeralda ni siquiera es hija mía. ¿Quién me asegura que no estoy criando a la hija de otro?
El hombre escupió al suelo, con la cara roja de tanto alcohol y los ojos llenos de rencor. Madre e hija se quedaron paralizadas, incapaces de procesar lo que acababan de escuchar. Fabiola se levantó de golpe, las lágrimas rodando por sus mejillas.
—¿Que yo soy la sucia? ¡Yo tengo la conciencia tranquila! ¿Y tú? ¿Ya se te olvidó lo que hiciste con esa mujer en la fábrica? Por tu culpa perdí al bebé. ¿Ya se te olvidó? ¿Para quién crees que trabajo y me desvelo? ¡Por esta familia! El alcohol que bebes, las deudas que tienes, ¿quién crees que las paga? ¡Con mi sueldo!
La voz de Fabiola temblaba de rabia y dolor, después de tanto aguantar, por fin se atrevía a gritar lo que llevaba guardando por años. Esmeralda, sentada y paralizada, no sabía qué hacer ni qué decir para detener esa discusión que amenazaba con destruir todo.

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